Lectores asiduos

viernes, 23 de septiembre de 2016

Iker y Altamira

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La película Altamira reúne evidentes méritos de naturaleza profesional: buenos actores, excelente realización y una potente carga emocional… muy emocional. Es una obra artísticamente lograda. Sin embargo, estamos ante otra manipulación en la que se presenta a una Iglesia oscura y enemiga de la Humanidad.
Sirva de ejemplo el perfil del actor Rupert Everett en su papel de párroco de Santillana del Mar. Este no deja lugar a dudas acerca de la intencionalidad de sus características. Su rostro es repelente, la mirada torva es más propia de un psicópata asesino que la de un sacerdote y nos recuerda a la más que trasnochada propaganda anticlerical, (una propaganda en la actualidad totalmente operativa). La Iglesia se nos presenta como una institución despreciable en la que vale todo, el sacerdote es una mezcla de Nosferatu y Heinrich Himmler.
La Iglesia aparece visceralmente, (casi histéricamente) enfrentada a la ciencia, como una gran enemiga del Progreso. Los materialistas de izquierda o de derecha gustan asegurar falsamente que la Iglesia y la ciencia se repelen, que son incompatibles, mientras que para ellos,  la ciencia, ese nuevo Dios es comprobable, es sólida, es razonable. Lo cierto es que documentos magisteriales, obras filosóficas, científicos cristianos… desmontan esta falacia. La película muestra a una Iglesia capaz de usar todo tipo de tretas para mantener su dominio sobre la gente para que ésta siga viviendo en la oscuridad y la dependencia psíquica. Se trata de una visión simplona, pero efectiva desde el punto de vista propagandístico.
La verdad histórica es muy diferente. Antonio Banderas, el actor malagueño da vida a Marcelino Sanz de Sautuola, el descubridor, junto con su hija María, de las cuevas de arte rupestre que cambiaron la percepción del hombre y que, según nos cuenta el tráiler, desafió a la religión. Habla Banderas de la lucha que tuvo que mantener Sautuola toda su vida contra quienes le tacharon de hereje e impostor. Tenemos por un lado un bando monolítico y oscuro: la Iglesia, y por el bando contrario otro bloque, también monocromático: la ciencia.
Banderas ha afirmado lo siguiente:


 “…cómo este hombre culto, con una curiosidad intelectual impresionante, fue capaz de interpretar aquello que estaba viendo, cómo supo leer lo que allí había, lo que significaba, y darse cuenta de que aquello rompía todos los esquemas de la época, desde la creación del mundo y la religión, hasta cambiar de forma radical la idea que teníamos del ser humano hasta ese momento”.


Hugh Hudson, el director de la obra, habría seguido el esquema de sus anteriores películas, a saber; el hombre contra el mundo y la sociedad, en este caso Marcelino Sanz de Sautuola contra aquellos que le acusaban de falsificador… y contra la Iglesia, cerrada y fanática. Según la película Marcelino fue castigado por la sociedad, por parte de la Iglesia y de la comunidad científica.
No menos laicista y ficticia es la frase puesta en boca de Sanz de Sautuola en el tráiler del film:


Si alguien explora el misterio de la Creación, le despoja de su grandiosidad.


Es una frase hueca, sin sentido alguno… eso sí, muy pomposa.
¿Cómo no va a ser grandioso el Universo? No sólo este es algo fantástico y maravilloso, también lo son sus enigmas, que por cierto, son innumerables.
Según parece todo vale para reeducar las mentes de la masa, por muy burdos que sean los medios. Claro que en su mayoría se trata de una masa en su mayoría cómoda, anodina y manipulada.
No obstante la realidad histórica es que la Iglesia, (fuera de algún que otro personaje aislado) no presentó objeción al hallazgo de Marcelino. Y pese a lo que muestra la película, no tenía una doctrina sobre la edad del mundo o la edad del hombre sobre la tierra, (algo más propio de las iglesias no católicas). El libro Origen, naturaleza y antigüedad del hombre, de 1.872, siete años anterior al caso Altamira, obra escrita por Juan Vilanova y Piera, padre de la geopaleontología española y católico fervoroso, como por cierto también lo era Sanz de Sautuola nos serviría para captar mejor el ambiente histórico de la época:


La formación sucesiva de los diversos seres, según lo refiere el historiador sagrado, está en perfecta armonía con la doctrina que en este punto sigue el señor Vilanova“.


Añade el censor de la obra:


Y si bien en el terreno de la ciencia asegura que la antigüedad del hombre en el globo es más de la que se supone por los variados cálculos hechos sobre este punto, no obstante creemos no sea contrario al dogma católico sostener esta opinión, cuando la Iglesia no ha declarado el número fijo de años que lleva el hombre en la tierra… Tampoco vemos se contraríe el texto sagrado cuando la geología ha descubierto que las capas terrestres nos demuestran que la vida ha debido sucederse por grados en la tierra y aun en razón directa de la complicación del organismo; puesto que se deduce esta teoría del mismo Génesis”.


Concluye recordando que:


 La Iglesia ha ido siempre delante en todos los conocimientos científicos y ha protegido en todos tiempos las ciencias naturales, (por más que la maledicencia diga lo contrario)”.


Otro dato, el principal apoyo científico de Sanz de Sautuola fue Juan Vilanova Piera, catedrático de la Universidad Central de Madrid y científico católico, para más señas que se puso de su parte certificando la autenticidad de las pinturas desde el descubrimiento de las mismas hasta la muerte del descubridor.
Muchos paleontólogos españoles de finales del siglo XIX y principios del XX eran católicos devotos que no veían contradicción entre su fe y esta ciencia, independientemente que nosotros… creyentes o no sí la veamos. Algunos de ellos murieron como mártires de la fe en la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española.
En algunos materiales promocionales de la película Altamira y en algunos artículos sobre ella se sugiere, o directamente se afirma que la Iglesia Católica negó la autenticidad de las pinturas. La verdad es la contraria. Los defensores de Altamira, su descubridor, Marcelino Sanz de Sautuola, Juan Vilanova Piera y otros científicos católicos eran cristianos convencidos y entusiastas de la ciencia.
El tráiler presenta a la esposa del descubridor como una cristiana fanática. Se intenta hacer ver a una supuesta mujer católica característica de la época histérica e ignorante. Este recurso narrativo ya lo vimos en la película Camino, obra propagandística falseadora de la verdad histórica de la vida de la niña en proceso de beatificación Alexia Barros. Presentar el catolicismo como una opción de mujeres fanáticas, mentalmente inestables e ignorantes parece conllevar un cierto toque machista que tiende a despreciar la capacidad de raciocinio del sexo femenino. Naturalmente ninguna feminista ha dicho absolutamente nada al respecto… y es que todo tiene un objetivo, una razón de ser.
La realidad es que, (repito, aunque actualmente no nos parezca coherente) ni en la época del hallazgo de Altamira ni en la nuestra hay una enseñanza oficial de la Iglesia Católica que diga que la existencia de hombres prehistóricos o la evolución atenten contra las verdades de la Biblia. Calcular la edad de la Tierra leyendo literalmente los textos del Génesis es una práctica que nunca tuvo un respaldo firme del Magisterio. Tampoco se pronunció oficialmente la Iglesia Católica, ni en España ni en el Vaticano sobre la autenticidad o falsedad de las pinturas de Altamira. Asumir que la Iglesia española se opuso al hallazgo o estudio de las pinturas o a su atribución prehistórica, decir que se enfrentó a su descubridor, (católico) es una acusación gratuita y para nada científica.
No es alocado sospechar que tras la película haya un planteamiento de ideología laicista. Este planteamiento laicista se adivina perfectamente en la cara del cura católico en el cartel de la película, que es la cara del malo malísimo. Podrían haber buscado rostros afables, pero eso no encajaría en esta obra de ingeniería social.
Pío XII, en 1.950, en un intento de reducir la creciente confrontación, más ideológica que otra cosa, hacia una declaración “oficial” de la Iglesia en la Humani generis diciendo que el evolucionismo era una teoría que debía ser estudiada, y que en ningún caso el alma provenía de otro lugar que no fuera Dios mismo. Ya San Agustín, en el siglo IV aconsejaba abandonar la interpretación literal de los textos bíblicos cuando los hechos empíricos la contraviniesen, y aceptaba una interpretación no literal conciliadora con la ciencia. En la misma línea decía San Juan Pablo II:

La evolución presupone la creación, y la creación se presenta a la luz de la evolución como un suceso que se extiende en el tiempo…no existen obstáculos entre la fe y la teoría de la evolución, si se las entiende correctamente”.


Juan Pablo II añadió en 1.996 frente a la Asamblea de la Pontificia Academia de Ciencias que el evolucionismo es algo más que una hipótesis.
Debo insistir que estas declaraciones pueden ser consideradas interesadas o incoherentes, tanto por creyentes o no creyentes. Sólo las he plasmado en este artículo para enseñaros cual era el posicionamiento REAL de la Iglesia. No la propaganda que diversos e influyentes grupos de poderes nacionales e internacionales desean grabarnos a fuego.
Sin embargo otra cosa bien diferente es que religiosos condenasen como herética no tanto la evolución como la deducción errónea de la inexistencia de Dios a partir de una lectura materialista de los hechos paleontológicos.
En la obra de Jose Calvo Poyato Altamira. Historia de una polémica  se cuenta que existieron ciertos sectores eclesiásticos que, principalmente por desinformación o cerrazón mental mantuvieron una interpretación literal de la Biblia, algo ya por entonces completamente superado por la misma y milenaria institución… y es que en toda corporación, religiosa o no ha existido, existe y existirá un sector inmovilista.
Pero lo más importante es que los más agresivos y constantes ataques a Marcelino Sanz de Sautuola vinieron de parte de amplios sectores laicos de la intelectualidad que nada tenía que ver con la Iglesia. ¿Pero que importa la verdad?
NADA.
Concretaré.
La famosa Institución Libre de Enseñanza, con el laicista Francisco Giner de los Ríos a la cabeza, (abogado interesado por temas pedagógicos) y la Real Sociedad Española de Historia Natural, con el laicista entomólogo Ignacio Bolívar al frente, acusaron a las pinturas de falsas y se negaron a admitir su autenticidad, poniendo absolutamente en entredicho a la persona de Sanz de Sautuola, y en una dificilísima situación personal.
Además, a Sanz de Sautuola le criticaron no sólo los laicistas españoles, sino extranjeros, como el francés Emile de Carthailac, uno de los más importantes paleontólogos del mundo en la época. Carthailac recibió una carta de su colega, el insigne paleontólogo, (anticlerical) Gabriel de Mortillet, acerca de Altamira:


No te fíes, amigo, es una trampa que nos tienden los jesuitas a los prehistoriadores para reírse de nosotros”.


¿Y quién fue la persona que convenció a la comunidad científica mundial de la autenticidad de las pinturas, logrando que Carthailac retirase sus acusaciones de falsificación? Fue el sacerdote y paleontólogo Henri Breuil, el mismo que terminaría bautizando a la Cueva de Altamira como la Capilla Sixtina del Arte Paleolítico, (no, el calificativo no vino de ningún periodista pijo-progre). Hay que añadir que este religioso fue un hombre de rostro afable, (no como el cura de la película). Nada de esto sale en la película, el malo malísimo era, y tenía que ser el “cuervo de la sotana”.
Quien desee profundizar sobre Altamira, sobre la auténtica historia del descubrimiento pueden comprar o sacar de las bibliotecas públicas este magnífico libro. Aunque claro, leer, cogitar conceptos es más laborioso que sentir.
Altamira fue descubierta (entre otros) por católicos, defendida por católicos, estudiada por católicos, financiada por católicos y protegida por católicos.
Incordie a quien incordie.
En lo que respecta a Iker Jiménez, bueno… se trata de un hombre apasionado, (la sangre vasca corre por sus venas). Eso no es malo, para nada. A él, (deduzco por su aparición en Milenio Cuatro y su “podcast”) le impresionó emocionalmente la película. Pero personalmente me sabe muy mal que haya numerosas y coordinadas cabezas pensantes usen las emociones de la gente para amueblar a su conveniencia sus mentes. No digo que Iker sea un tonto, (jamás hubiera triunfado profesionalmente si lo fuera) ni con este artículo he querido hacer una defensa apasionada de la Iglesia. Lo que sí es molesto es que se intente manipular al pueblo de una forma tan burda. Películas, series, sistemas de enseñanza, noticiarios, programas “inofensivos” de humor… nadan en la misma dirección: unas pautas extrañamente homogéneas de ingeniería social.
¿Casualidad?
No.
No lo creo.
Que cada uno piense lo que quiera… pero que piense.
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viernes, 20 de mayo de 2016

Iker y las operaciones de falsa bandera. Pearl Harbor

 
 
False flag operations:
     En Cuarto Milenio Iker Jiménez se ha atrevido a tocar el polémico asunto de las operaciones de falsa bandera invitando a Pedro Baños, una decisión inteligente como muestra el extenso currículo del militar en reserva.
     Las operaciones de falsa bandera, (false flag operations) son aquellas operaciones encubiertas llevadas a cabo por Gobiernos e incluso corporaciones. Están diseñadas con el malévolo objetivo de llevar a engaño a las sociedades respecto a la autoría y la naturaleza auténtica de una acción o suma de acciones. El nombre proviene de la práctica militar de izado de pabellones falsos. Un ejemplo ya conocido fue el lamentable caso de la Operación Gladio. Hay muchos casos de operaciones de falsa bandera, unas ya admitidas y otras no. Es mi deseo tratar algunos de esos casos por los que ronda el misterio, que son curiosamente los no aceptados por la versión histórica ortodoxa, (que son a mi entender son los más interesantes). Expondré una serie de datos y los lectores que extraigan sus propias ideas.
     Los libros de historia contemporánea afirman que el militarista Imperio japonés atacó a la pacífica y democrática República de los Estados Unidos de América por medio de un acto traicionero y absolutamente inesperado, para las más altas responsabilidades político-militares de la enorme nación americana. El Japón agredió a los Estados Unidos para que estos no interfirieran en su amoral e ilegal expansión militar por extensas tierras del Pacífico e Índico. El Japón de aquel entonces era una nación moralmente corrompida, que anhela esclavizar a pueblos pacíficos y civilizados.
     Bien.
     Esta canónica narración pretendidamente histórica narra que tras un destructor ataque la mayoría de las grandes unidades navales norteamericanas causaron baja, algunas definitivas y otras temporalmente… salvo los portaviones, que casualmente se hallaban fuera de su base de Pearl Harbor. Posteriormente los Estados Unidos militarizaron en gran medida su economía, convirtiéndose en el arsenal de la democracia-liberal y los luminosos valores de las Revoluciones Atlánticas, y tras mucho batallar derrotaron al fascismo y al militarismo totalitario nipón llevando al mundo a una etapa de luz y verdad. 
      ...
     Los datos jamás han sido omniexplicativos, es menester acceder a ellos, hacer acopio de los mismos e interpretarlos coherentemente.
    No obstante hay datos que contienen una potente carga lógica, por eso las informaciones que mostraré a continuación no creo que lleve a los lectores a confusión, todo lo contrario. 
 
El ataque:
     La Armada Imperial Japonesa lanzó un ataque a Pearl Harbor en la mañana del 7 de diciembre del año 1.941. El ataque a Pearl Harbor, en la isla de Oahu, en Hawai fue dirigido a la flota del Pacífico de la Armada de los Estados Unidos y las fuerzas aéreas que defendían la base.
    Dicho ataque, que, según la historia oficial fue una “sorpresa” para los estadounidenses llevó a la destrucción a 13 buques de guerra americanos y 188 aeronaves militares. 2.403 militares y 68 civiles estadounidenses murieron. 
 
Antecedentes:
     Antes que nada es muy conveniente dejar claro que el concepto militar de “ataque sorpresa” no es en absoluto ignorado por los militares profesionales. Este principio de la sorpresa consiste en crear una situación inesperada y peligrosa para el enemigo, frente a la cual no pueda reaccionar en un tiempo oportuno. Mientras esta reacción no se produzca o hasta que sea eficaz se mantiene la iniciativa. La iniciativa, o libertad de acción consiste en intentar impedir la maniobra del enemigo, dirigiendo la propia contra su objetivo, con el fin de asegurarse la iniciativa. Se la puede definir como la facultad para decidir y realizar planes, a pesar de la voluntad y actuación del enemigo. Por otra parte, como dijo Clausewitz la sorpresa dentro del arte de la guerra es una realidad independiente e incide radicalmente en la moral del enemigo como de las propias fuerzas.
     Por lo tanto el ataque sorpresa es una realidad evidente por los teóricos de la guerra, no es una especie de herejía o práctica anómala… aunque sea imprevisible, o al menos se intente que lo sea. ¿Lo consiguieron los nipones en Pearl Harbor? Lo veremos más adelante.
     En las horas nocturnas del 8 de febrero del año 1.904 la armada japonesa lanzó un ataque sorpresa en Port Arthur iniciando así la guerra contra el Imperio Ruso, el golpe fue desastroso para los intereses de Rusia. Es muy curioso comprobar como la visión de los creadores de opinión británicos de 1.904 fue bien distinta a la de 1.941. Evidentemente las necesidades de ciertos grupos de poder, (británicos o no) eran radicalmente diferentes. Incluyo un fragmento del texto del diario The Times de febrero de 1.904:
      La Marina japonesa, gracias a la varonil decisión del Mikado y sus consejeros, ha tomado la iniciativa y ha iniciado la guerra mediante un acto de audacia…
      “…Debido a su posición en la ensenada exterior, los buques rusos estaban desplegados, e invitaban a atacar. La invitación fue aceptada con tal prontitud y puntualidad, que hacen mucho en honor de la Marina de nuestros valientes aliados… El efecto moral de esta hazaña promete ser enorme, y puede influir y dar color a toda la marcha de la guerra… Con estos actos de fuerza, la Marina japonesa se ha beneficiado de la iniciativa, y ha establecido el dominio y maestría moral sobra la situación”.
     Llamativo como cambia el enfoque histórico. Lo que ayer fue un acto viril, valiente y acertado luego no fue más que infamia, cobardía y locura… Muy orweliano todo. 
     La verdad no existe, esta se actualiza según el signo de los intereses parciales.
     En 1.938 se firmó la Ley de expansión naval de los Estados Unidos con una fuerte oposición de los republicanos. Así que la ya poderosa, aunque un tanto vetusta flota de los Estados Unidos de América crecería aún más. Siempre se habla de las casi inexistentes fuerzas de tierra y aire estadounidenses, pero normalmente se pasa de puntillas en lo que se refiere a la Armada, que se componía a su vez de varias flotas.
     Los militares de los Estados Unidos realizaron múltiples “juegos de guerra”, (una versión complicadísima de los wargames comerciales). Por ejemplo, en 1.932, durante los ejercicios Grand Joint del Ejército y de la Armada de los estados Unidos el atacante; Almirante Yarnell ataco con 152 aviones media hora antes del amanecer a una distancia de 60 kilómetros al noreste de Kahuku Point, pillando a los defensores de Pearl Harbor por sorpresa. Era domingo, así que su informe determino que la mejor manera de atacar Pearl Harbor era una mañana de domingo desde el mar por medio de aviación embarcada. En 1.938 el Almirante Ernst, en otro ejercicio lideró con éxito un ataque aéreo desde el portaviones USS Saratoga contra Pearl Harbor. Esto nos tiene que dejar bien claro que los militares no ignoraban el peligro real de un ataque nipón contra la enorme base aeronaval.
     Se afirma en ciertos libros especializados que los militares de la Armada americana consideraban imposible que se dieran ataques con torpedos contra los buques estacionados en los muelles de Pearl Harbor. La razón es que la profundidad de aquellas aguas era escasa, pero esto no es del todo cierto. El 11 de noviembre de 1.940 21 biplanos Swordfish pertenecientes a la Royal Navy destruyeron una importante porción de la flota italiana, incluyendo 3 acorazados en el puerto de Tarento, al sur de Italia haciendo uso de torpedos capaces de operar a escasa profundidad. Fue un ataque sonado y muy estudiado por los militares de todas las principales naciones. De hecho, el 10 de julio de 1.941 El Agregado Militar de USA en Tokio, Smith-Hutton reportó a su país que la Armada Imperial Japonesa estuvo practicando en secreto ataques aéreos con torpedos contra grandes barcos surtos en la Bahía Ariake, esta se parece mucho a Pearl Harbor.
     En 1.940 Franklin Delano Roosevelt ordenó transferir a la flota desde la costa oeste a Hawai, era su deseo que permaneciese surta en Pearl Harbor. El almirante Richardson opinaba, y con razón que aquel lugar no disfrutaba de la adecuada protección contra ataques aéreos y tampoco contra ataques con torpedos, (las maniobras no habían sido olvidadas). Richardson creía firmemente en lo que decía, por eso desobedeció en dos ocasiones las órdenes acerca de la partida de aquellas unidades de la Flota. Eso le costó el cargo en octubre, encontrándose personalmente con Franklin Delano Roosevelt en octubre, su sucesor, el almirante Kimmel también tuvo las mismas discusiones con el Presidente en junio de 1.941.
     Llamativa decisión, y llamativa terquedad.
     Las aviesas intenciones de Rooselvelt, cabeza visible de grupos de intereses nada visibles pueden ser evidentes para aquellos que estén dispuestos a leer un cierto número de libros que, como la bibliografía indica no son nada extraños o “dudosos”.
     Antes de la declaración de guerra de la Alemania nazi en 1.941 Roosevelt agravó el estado del conflicto en el océano Atlántico al aceptar que los convoyes fueran escoltados hasta Islandia por buques de guerra norteamericanos. En Washington justificó la ilegal medida afirmando que no tenía mucho sentido suministrar pertrechos a Inglaterra sin intentar al menos asegurarse de que llegasen a su destino. Esta rocambolesca argumentación permitió salir a flote. Roosevelt había rebasado con mucho los límites de la estricta neutralidad. En una fecha tan temprana como el 8 de setiembre dio órdenes de atacar primero contra los sumergibles alemanes. Esto alegró mucho a Churchill.
     Pownall, adjunto de Hill como jefe del estado Mayor General del Imperio, escribió en su diario:
     “Roosevelt se muestra muy favorable a entrar en la guerra, y lo antes posible… Pero dijo que él no declararía nunca la guerra, lo que desea es provocarla”.
 Pownall, op. Cit., vol. I
 
     En otro volumen nada sospechoso de conspiranoico o fascistoide, (A Puerta Cerrada, del autor Laurence Rees) Churchill afirmó que:
      Rooselvelt le aseguró que estaba resuelto a hacer la guerra, aunque no ha declararla
 Dallek, op. Cit., p. 285.
 
     Sea como sea, quien quiera profundizar sobre las provocaciones de los Estados Unidos y ataques directos de la Armada de los Estados Unidos de América contra Alemania antes de la declaración de guerra de diciembre puede consultar las memorias de Karl Dönitz, está disponible a muy buen precio en la editorial La esfera de los Libros.
     Hago referencia a estos acontecimientos porque ilustra a la perfección el talante del señor Roosevelt, sus colaboradores y demás. Las malas artes de estos líderes para forzar a los demás a dar el paso decisivo para así anular las fortísimas tendencias aislacionistas de la mayoría de la población de los Estados Unidos se muestran en toda su imaginativa magnitud. Esto nos hará comprender las extrañas jugadas en el Pacífico.
     El 27 de enero de 1.941 El Dr. Ricardo Shreiber, el embajador peruano en Tokio le contó a Max Bishop, tercer secretario de la embajada de los Estados Unidos que había averiguado, merced a sus fuentes que existía un plan que implicaba un ataque aeronaval por sorpresa a Pearl Harbor. Esta información fue despachada al departamento de Estado, a la Office of Naval Intelligence y al Almirante Kimmel en Hawaii. Joseph C. Grew, el embajador de USA en Japón, cablegrafió a Washington esta información.
     Los planificadores de la Marina de los Estados Unidos siempre habían asumido que el Imperio Japonés, en caso de inicio de hostilidades atacaría a la Flota americana allí donde estuviera. Esto era así porque la Flota era la única, aunque poderosa amenaza contra el Japón. Lógicamente el Japón no podía efectuar operación alguna de envergadura con la U.S Navy merodeando en su flanco. Las opciones estratégicas de los japoneses eran bastante limitadas. Todas sus opciones pasaban por la Flota estadounidense, eso lo sabían tanto los nipones como los americanos.
     Tiempo después de la derrota de Francia por parte de Alemania Japón envió un ultimátum a los franceses del Gobierno de Vichy exigiendo la entrega de bases aéreas, terrestres y navales en Indochina. Este deseo japonés les permitiría cerrar el dogal sobre China con mayor eficacia, puesto que los americanos suministraban a la resistencia china a través del puerto de Hai Pong. A esto habría que sumar un mejor acceso al Índico. La ocupación se materializó en septiembre de 1.940, tras algunos combates contra tropas francesas.
    
Los Estados Unidos de América reaccionaron congelando todos los bienes japoneses en su territorio, siendo seguida dicha política por británicos y holandeses. Japón se encontró entonces con una interrupción total en sus suministros de materias primas, en especial de petróleo, cuyas reservas rondaban los 65 millones de hectolitros, con ello dispondría de combustible para un escaso año y medio; el 90% del petróleo que necesitaba provenía de los Estados Unidos y las colonias de Los Países Bajos. No sólo cesó el suministro de petróleo al Japón, de hecho la primera medida, (de no escasa importancia) se inició desde septiembre de 1.940, por la que también fueron cortados los suministros de chatarra y acero. Ahora bien, hay que tener claro que el tratado comercial firmado entre Japón y los Estados Unidos en el año 1.911 había acabado muy oportunamente en enero de 1.940. La nación americana era libre de no renovar a los deseosos nipones dicho tratado, legalmente hablando. El Imperio del Sol Naciente pudo a ver llegado a un acuerdo con los Estados Unidos, pero aceptando las condiciones americanas, a saber; el abandono de toda China, entre otras. No obstante el Imperio Japonés no iba a hacer tal cosa, esto era algo impensable, algo bien conocido por ambas partes. Esto dejaba sólo un único camino honorable al Imperio Japonés, y claro esto también era notorio para todos.
     El 31 de julio de 1.941 el Emperador Hirohito fue informado por el almirante Nagano, Jefe de Estado Mayor de la Marina de lo último acerca de esta explosiva situación. La cosa estaba clara, o Japón se hacía con las fuentes de petróleo de las colonias holandesas y parte de las británicas,  o sus anhelos de gran potencia serían estrangulados. Hemos de tener en cuenta que los Estados Unidos deseaban los mercados chinos, eso hubiera dejado a Japón en una situación de inferioridad respecto a América… y eso para los dirigentes nipones no era una opción. El Japón se decidió entonces a apoderarse por la fuerza del petróleo que tanto necesitaba; se debía conquistar para ello Sumatra, Borneo y Java, cuya producción de petróleo alcanzaba los 106 millones de hectolitros, dentro de este plan, con el objeto de proteger la ruta hacia Japón se tomarían las colonias inglesas y americanas que la flanqueaban, el Alto Mando japonés calculaba que se debían emplear todos los efectivos de la Marina y la Aviación, así como 15 divisiones del Ejército.
     El 10 de agosto de 1.941 el mejor agente secreto británico;  Dusko Popov, nombre código Tricycle, contó al F.B.I que el ataque a Pearl Harbor sería pronto entre otras cosas. El F.B.I le respondió que su información era:
     “…demasiado precisa, demasiado completa para ser creída. El cuestionario acerca del ataque responde exactamente donde, cuando, como, y quienes nos van a atacar. Si es algo, eso es una trampa”.
     También reportó que un alto oficial naval japonés fue a Tarento a hacer acopio de información acerca del ataque ingles. Toda esta información se entregó clasificada a la O.N.I, (Office of Naval Intelligence).
     El 28 de agosto de 1.941 el Principe Konoye solicitó una entrevista con el Presidente Roosevelt a fin de tratar de aliviar el embargo sobre los bienes japoneses y quizás evitar la guerra, la cual ya estaba siendo planeada por las Fuerzas Armadas Japonesas, pero Roosevelt rechazó la petición. El 3 de septiembre se recibió en Japón dicha negativa por lo que en una reunión de los Jefes de Estado Mayor con el Emperador, éstos trataron de convencerle que el único camino posible era la guerra, y aunque el Emperador vaciló los militares se impusieron y el plan de acción fue aprobado.
     El principal espía de los soviéticos, Richard Sorge informó al Kremlin que Pearl Harbor iba a ser atacado dentro de un margen de sesenta días. Moscú le informo que iba a ser trasferida esta alerta a los Estados Unidos de América. No deja de ser llamativo que todas las referencias a Pearl Harbor en la copia de la confesión de Sorge a los japoneses que se guardaba en las oficinas del departamento de Guerra de los estados Unidos,  (hablamos de una confesión de 32.000 palabras) fueron eliminadas. Estos documentos ya no están disponibles como deja bien claro el Daily News, periódico de la ciudad de Nueva York, en una fecha tan temprana como el  17 mayo 1.951.
     El 14 de noviembre de 1.941 toda la marina mercante nipona fue alertada de que las señales de reconocimiento de tiempo de guerra pasarían a ser operativas desde el uno de diciembre. Naturalmente la Office of Naval Intelligence recibe dicha información.
     El 2 de diciembre de 1.941 un submarino holandés pudo seguir visualmente a la fuerza de ataque japonesa durante varias horas cerca de las Islas Buriles. Esta información fue entregada igualmente al Departamento de Estado, más este dato no llegó a las islas Hawai. Estos informes holandeses hoy en día sigue siendo material clasificado bajo la denominación RG 38, Box 792.
Interpretación japonesa:
     La depresión económica mundial afectó a la población nipona que veía con malos ojos a los políticos “moderados” de entonces, sea como sea esta crítica no iba dirigida hacia el emperador. Esta hostilidad creciente favoreció el ascenso al poder de la facción patriótico-imperialista japonesa, que no sólo la conformaban militares, si no ciudadanos nacionalistas comprometidos con el Imperio Japonés.
     Tras la invasión de China por parte de Japón hubo varios roces diplomáticos con los Estados Unidos. Los británicos y sobre todo los americanos mandaron ayuda militar a los nacionalistas chinos del Kuomintang. Luego, como ya he dicho más arriba procedieron a varios embargos de materias primas que afectaron gravemente a la industria nipona: vegetales industriales, metal de desecho, metales no férricos, petróleo…
    
Los japoneses afirman en que las negociaciones con los americanos estos actuaron con insolencia al exigirles la retirada de China y del Manchukuo, algo que sencillamente resultó imposible aceptar para el honor japonés… y los Estados Unidos lo sabían. Por lo demás los embargos anglosajones asfixiaron su industria, así que Japón tenía ante si dos opciones; o un acuerdo diplomático, (algo que el “todo o nada” de la diplomacia americana imposibilitaba) o la guerra.
     Los japoneses enfocan el asunto mostrando a unos occidentales imperialistas y zafios… pasando por alto, claro está que ellos mismos pecaban de lo mismo. Incluso en la actualidad muchos historiadores muestran una versión rosada de la Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental.
Chatarra flotante:
     Lo curioso es que una gran proporción de los navíos hundidos o seriamente dañados en Pearl Harbor fueron puestos de nuevo en servicio, por ejemplo, de los ocho acorazados atacados, todos menos dos fueron reparados. Tres de los acorazados que había en el puerto el día del ataque fueron los de la Clase Nevada: el USS Nevada (BB-36), el USS Oklahoma (BB-37) y el segundo de la Clase Pennsylvania USS Arizona (BB-39). Todos ellos fueron botados antes y durante la Primera Guerra Mundial. Les quedaba pocos años de servicio, y pese a las modernizaciones de los años 20 no se consideraban naves pesadas de primera línea. Los dos acorazados de la Clase Tennessee: USS Tennessee (BB-43) y USS California (BB-44) el fueron botados a comienzo de los años 20, pero también pertenecían a la vieja guardia.
     Muy oportunamente los mejores buques se encontraban realizando diversas misiones en alta mar.
     Al sur de Oahu se encontraban en ejercicios de tiro los modernos destructores Bogas, Chandler, Hervey y Lamberton junto al crucero pesado Minneapolis.
     Al suroeste y llevando a cabo prácticas de operaciones anfibias de desembarco en la isla Johnston los buques: crucero pesado Indianápolis,  destructor Dorsey, destructor Hopkins, destructor Elliot, destructor Lang y destructor Jonson.
     Hacia la isla de Wake se dirigía para llevar para transportar aeronaves el portaviones Enterprise, con el iban los cruceros pesados Northamton, Chester y Salt Lake City, los destructores Balch, Gridley, Maury, Benham, Mac Call, Craven, Fanning, Ellet y Dunlay más una cierta cantidad de buques auxiliares.
    
En dirección a Midway se encontraba el grupo del portaviones Lexington que llevaba aviones para dicha isla. Su grupo lo integraba los cruceros pesados Astoria, Chicago y Portland, los destructores Drayton, Lamson, Porter, Mahan y Fluser, junto a un cierto número de buques de apoyo.
     Tenemos pues que los buques más importantes y modernos estaban fuera de las Hawai cuando se desató el infierno, además los viejos acorazados para 1.942 volvieron a estar en su mayor parte operativos, eso sí, únicamente para labores de apoyo. El ataque japonés arrebató la iniciativo a los Estados Unidos durante un tiempo limitado, luego los americanos la tomarían para sí para no volverla a ceder jamás.
     Es más, el rearme y modernización naval ya había comenzado desde mucho antes de la guerra. Como ya comenté desde 1.938 la Ley de expansión naval de los estados Unidos había permitido desde fechas tempranas poner en las gradas de los astilleros los nuevos acorazados de la clase North Carolina y los South Dakota, navíos que estaban a punto de ser botados.
     No.
     El ataque a Pearl Harbor jamás dejó desnuda a América en el Pacífico.
 
 
Conclusiones:
     Hay abundantes evidencias para pensar que la dirección política de los Estados Unidos deseaba provocar una guerra aparentando ser una nación pacífica. Aquellos que disienten son considerados gente extravagante e ignorante, pero sus críticos no tienen en cuesta los siguientes puntos:
     1).-El ataque por sorpresa forma parte de la cultura y práctica militar desde épocas antiquísimas.
      2).-Las tensión entre los Estados Unidos y Japón a causa de sus deseos económico-imperialistas sobre China anclaban desde el mismo fin de la Guerra Ruso-Japonesa.
    3).-Tras la cesión forzada de la Indochina francesa al Japón comenzó la más alta escalada de tensión entre Japón y U.S.A.
    4).-La no renovación por parte de los Estados Unidos de los diversos tratados de comercio de 1.911, (sumado a las acciones similares por parte de británicos y holandeses) llevó a la economía japonesa hacia colapso.  
     5).-Las exigencias americanas para reiniciar una relación económica estable no pasaban de ser de un mero ultimátum alejado de cualquier lógica diplomática.
    6).-Los militares de los Estados Unidos jamás desconocieron el riesgo de ser atacados por sorpresa por parte del Imperio Japonés como así lo indicaban numerosos indicios.
    7).-Pese a ello las medidas de seguridad en la enorme base aeronaval de Pearl Harbor dejaban muchísimo que desear.
    8).-Sólo las grandes unidades más viejas estaban atracadas en la base en el momento del ataque.
 
Bibliografía:
     Diccionario militar, estratégico y político. Guía para el lector. Fernando de Bordeje y Morencos. Editorial San martín. Madrid. 1.981  
     Introducción a la estrategia. General Beaufre. Ediciones Ejército. Madrid. 1.980.
     De la guerra. Karl von Clausewitz. Editorial Labor. Barcelona. 1.992
    Historia de las Relaciones Internacionales. Siglos XIX y XX. Pierre Renouvin. Editorial Akal. Madrid. 1.982                  
     Historia de la Segunda Guerra Mundial. I. Liddell Hart. Editorial Caralt. Barcelona. 2.000        
     La Guerra de Hitler. David Irving. Editorial Planeta. Barcelona. 1.989
     Diez años y veinte días. Karl Dönitz. La Esfera de los Libros. Madrid. 2.015
     La guerra de Churchill. La historia ignorada de la Segunda Guerra Mundial. Max Hastings. Crítica. Barcelona. 2.010    
    A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial. Laurence Rees. Crítica. Barcelona. 2.009
 
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