lunes 23 de noviembre de 2009

El Principito. Espejo cruel de la modernidad (XI)


El Principito se encuentra a un mercader y cruza algunas palabras con él.

“-Buenos días-dijo el Principito.
-Buenos días-dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.
-¿Por qué vendes eso?-dijo el Principito.
-Es una gran economía de tiempo-dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Se hace lo que se quiere…
“Yo-se dijo el Principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”

Este fragmento está relacionado con lo apuntado anteriormente. El hombre moderno se caracteriza entre otras cosas por su futilidad, por su banalidad. Las incesantes innovaciones, la tormenta calidoscópica de novedades nos apartan de lo realmente importante, del auténtico fin de nuestra existencia. Este interminable carrusel de elementos complejos, y en gran medida fatuos a lo que llamamos tecnología nos dispersa, nos confunde y ofusca. Nos deleitamos estúpidamente en esta inmensa y grotesca juguetería que tenemos a bien en llamar arrogantemente: “Primer Mundo”.
Nuestros inventos ofuscan, al igual que nuestra enfermiza economía en donde se confunde el medio con el fin. Pero no es sólo por afán, y gusto por lo intrascendente el que no terminemos de inventar multitud de maquinitas, hay en ello mucho de soberbia, mucho de egolatría. El hombre moderno, ser prometeico por excelencia se deleita en sus constantes e interminables nuevas creaciones tecnológicas, Éstas le reafirman en su errónea y perversa actitud de revuelta ante el orden constituido por Dios. Es como el necio que busca por doquier falsas pruebas o señales que le reafirmen en su necedad, en su deficiencia. Sí, en inventos como las pastillitas antised del mercader que tanto asombraron al Principito por lo absurdo. Sí, hay mucho de soberbia, de desafío a los dioses, el mismo orgullo egolátrico que debió mostrar Lucifer y demás ángeles que renegaron del amor de su Creador.
Todos estos inventos fuerzan a la disociación del hombre moderno. El hombre moderno ha dejado en gran medida de conocerse a si mismo. En este mundo ruidoso hemos olvidado a escuchar el silencio, y lo que es más importante, nuestro silencio.
Leed esta disquisición del piloto de la obra de Saint Exúpery:

“Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el desierto…”

La posesión de nuevos avances tecnológicos no hace sino estimular la triste necesidad de los mismos y acrecentar patéticamente la dependencia hacia lo fútil. De cada capricho tecnológico surgen innumerables pseudonecesidades tecnológicas. Se trata de una especie de hidra que mientras más alimentemos más cabezas genera. Hace diez años no existían esta gran cantidad de inventos electrónicos: Discos duros extraíbles, lápices de memoria USB, retratos digitales, móviles multimedia, MP4s, MP3s…. un sinnúmero de trastos mecánicos que nos hacen perder el sentido de las cosas al ocupar, al monopolizar todo nuestro arco temporal de pensamientos. De ellos surgirán a su vez nuevos cachivaches que no conseguirán hacernos mejores, todo lo contrario. Nos aislamos en torno a su ellos. La técnica nos otorga una errónea sensación de poder, al igual que la ciencia una falsa sensación de sabiduría. Objetos e ideas sesgados para un hombre roto.
Un universo de entelequias y falacias.
En el medioevo y gran parte de la Edad Moderna se creía que los demonios usaban como principal arma los pensamientos enteléquicos de los hombres potenciándolos al máximo. Luchaban para quitarnos de la cabeza en la medida de sus posibilidades tanto a Dios como todo lo sagrado, (es evidente que han progresado mucho en su labor). Intentaban confundirnos, intentaban hacernos divagar inútilmente. Paradójicamente en la actualidad hemos liberado de gran parte de su trabajo a los “daemonia”. Ya no necesitamos de su inspiración… o quizás no.

“Los hombres-dijo el Principito- se encierran en los “rápidos” pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas.
Y agregó.
-No vale la pena…”


Fijaos en la pintura que aparece en la cabecera de la entrada, el autor lo llamó “El Hombre Mancha”. A mí entender representa en no escasa medida al hombre moderno. Un sujeto pesaroso, incongruente, indefinido, oscuro… y perdido. No obstante, y pese a su caos y tensiones interiores se muestra agresivo, hostil y soberbio.
Sobre todo y ante todo soberbio.

“¡-En tu tierra-dijo el Principito-los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
-No lo encuentran…-respondí.
-Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa, o en un poco de agua…
-Seguramente-respondí.
Y el Principito agregó.
-Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón.”


El hombre moderno (1) ha perdido la armonía, su armonía. La estabilidad que otorgaba instituciones antiguamente sagradas como la Iglesia, la familia, la patria… primero se pervirtieron, y luego, estadio en el que aún nos hallamos, se descompone.
Nada tiene sentido, ya todo es relativo y mudable. Se cumple la “profecía” de George Orwell en su obra 1.984. Una sociedad desviada, divorciada de la realidad por medio de su “neolengua”, de su desquiciada semántica que no sirve para definir nada, simplemente porque ese ya no es su objeto.
Por poner sólo un ejemplo os hablaré de nuevo de las relaciones afectivas. Antiguamente todo era muy sencillo, trabajabas y alimentabas a tu familia, institución de la que nos responsabilizábamos y por la que luchábamos, y en la que tiempo ha dábamos un sentido sobrenatural puesto que en si era una manifestación hierofánica más. Los padres con sus hijos colaboraban activamente en la obra del Creador, así se entendía.
En la actualidad los hombres y mujeres intercambian parejas como quien lo hace con la ropa o un vehículo, pues la compañía también se convierte en un producto a consumir… aunque se intente ocultar con falacias y autoengaños la cruda realidad, (la moral y educación burguesa se define sobre todo y ante todo por el imperio de las formas sobre el fondo). La insatisfacción lo llena todo. En nuestras cábalas el amor, (la mayoría ni siquiera sabe, sólo creen saber que significa esa palabra) no ocupa lugar. Priman prioridades marginales y mezquinas. Condicionamos nuestro “amor” en base a unas condiciones previas, mercadeando con los afectos como lo haría el peor de los charlatanes. Pervirtiendo la realidad, redefiniéndola, prostituyéndola en base a intereses materiales, camuflando nuestras miserias con los ropajes de la falsa virtud: prudencia, sentido común, economía… multitud de excusas para ocultar nuestro egoísmo, nuestra vaciedad, nuestra mezquindad a la hora de dar amor. Somos demasiados infantiles para abriros al otro, demasiado centrados en nuestros patéticos YO, demasiado cobardes para dar un paso en firme definitivo.
Sí.
Coleccionamos y amasamos pero esto en vez de llenar nuestro inmenso vacío lo único que hace es aumentar mediante la plástica evidencia nuestra insulsas almas.
El Principito decide volver a su asteroide, pero no puede llevar su cuerpo, es demasiado pesado. Una serpiente venenosa le ayuda a desprenderse del mismo mediante su veneno.
El final de la obra es melancólica, pero profunda, y por ende auténtica.
Os recomiendo fervorosamente su lectura.
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(1) Cuando uso conceptos como “moderno” o “tradición” soy consciente de que puedo llevar a más de un lector a engaño. En este ensayo, (y en el que está por venir) “moderno” hace referencia a las cualidades y sujetos que se caracterizan por pertenecer a la “modernidad”. Fenómeno este cuya cualidad capital es la de erigir al hombre antitradicional como sujeto histórico. Por otro lado “tradición” es entendido por muchos como sinónimo de rancio, viejo e incluso burgués. Pues bien, con tradicional no hago referencia a un modelo cultural, (en el sentido total del término) pues la mentalidad burguesa pertenece a la modernidad en su etapa ya contemporánea, si no en la ya casi extinta cosmovisión caracterizada por una visión de la existencia suprafísica y teofánica.

martes 17 de noviembre de 2009

El Principito. Espejo cruel de la modernidad (X)


Un conocido mío; opositor de los de verdad a la administración de justicia, y amante de la literatura me entregó de su puño y letra el fragmento de texto del conocido autor Baltasar Gracián que os adjunto en la foto de cabecera de la entrada.
La amistad es un valor que pone a prueba nuestra generosidad y aptitudes volitivas. Estoy muy de acuerdo con las afirmaciones del prosista del Siglo del Oro, salvo en una. El principal remedio contra la adversa fortuna es Dios. Los amigos pueden ser un valioso bálsamo, pero la verdadera fuente de "luz" es Nuestro Creador, que nos creo por un acto de inmensa e inagotable muestra de amor. ¿Quién puede sentir más interés por nosotros sino Aquel que nos creo, Aquel que nos hizo pasar del no ser al ser? Él siempre estará dispuesto a ayudarnos, a cambio sólo nos pide una cosa; que se lo pidamos. Pero lo dicho, es bien cierto que el apoyo de un amigo es muy válido a la hora de digerir el dolor de la adversidad. Me gusta la contraposición “multiplica-reparte”, pues es muy cierto que el amor lleva implícita la luz que aparta las tinieblas.
El valor del bien no es análogo, no es equivalente al del mal. De hecho la Iglesia jamás se ha cansado de repetir que el mal como ente autónomo no existe, el mal es ausencia de bien, sólo eso; ausencia.
¿Palabra triste verdad?...
Seguro que sí.
El bien, es decir; el amor (no confundir éste con los sentimientos), impera a donde quiera vaya. Podrán surgir contratiempos, barreras temporales. Pero aunque Dios apriete, jamás asfixia.
El Principito prosiguió su ruta, su ávida sed de conocimientos y aventuras le llevó a una estación local de ferrocarril. Allí conoció a un empleado ferroviario:

“Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de las agujas.
-Llevan mucha prisa-dijo el Principito-. ¿Qué buscan?
-Hasta el hombre de la locomotora lo ignora-dijo el guardaagujas.
Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso.
-¿Vuelven ya?-preguntó el Principito.
-No son los mismos-dijo el guardagujas-. Es un cambio.
-¿No están contentos donde estaban?
-Nadie está nunca contento donde está-dijo el guardagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Persiguen a los primeros viajeros?
-No persiguen absolutamente nada.”


Este punto es realmente importante.
Nuestro sistema nos impone una serie de metas, casi todas ellas desnaturalizadas y vanales. Nos preocupamos por insertarnos en el llamado “mercado de trabajo”, en ser obedientes súbditos del orden constituido y eficaces contribuyentes del erario público. Nos asignan un número y consumimos, consumimos tanto que nos insultan llamándonos consumidores. Nos atosigan con esa palabreja: fracasado. Hace tiempo que el hombre moderno dejó de ser persona. Se nos anima a alcanzar un estatus cuantitativo, nunca cualitativo. La sociedad estamental “funcional” murió tiempo ha, ahora en la de clases el criterio discriminador es el nivel de renta. Este es el mundo de locos en el que vivimos. Cogemos unos “trenes” sucios, ruidosos y grises que nos llevan de aquí para allá. Algunas veces, algún que otro desaprensivo o desaprensiva se replantea el sentido de ese divagar, de esa ausencia de porqués. Pregunta peligrosa que puede hacer sentir a cualquiera peor que mal, por eso casi nadie se la plantea.
Nuestra forma de vida está tan viciada, tan vacía de sentido que la única solución implicaría un cambio radical de visión de nuestras mismas existencias, una cascada tan imponente de cambios en la dinámica de nuestras vidas que terminamos por entender, aunque sea subconscientemente que es más fácil lamentarse.
Es más fácil languidecer en este universo gris, falso y ruidoso que iniciar la dura aventura de la curación. Sí, es más fácil es camuflarse en la masa, compartir nuestras miserias con ella, felicitarnos por nuestros “éxitos”, la mayoría de las veces no más que “regalos envenenados”, que tirar nuestra particular armadura oxidada y esforzarnos en ver la luz.
Amar verdaderamente impone temor
, de hecho la luz puede quemar. Por eso hay que aprender a gozar de ella, hay que aprender a admirar la luz, a caminar bajo la ella.
El anterior Santo Padre; Juan Pablo II lo sabía, por eso no cansaba de repetir la buena nueva de Cristo añadiendo la coletilla de; “no tengáis miedo”. Miedo a lo desconocido, miedo al rechazo, miedo al sacrificio, a la negación de lo superfluo… pero es así, es la única forma de amar es andar por el camino estrecho y tortuoso.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El Principito. Espejo cruel de la modernidad (IX)


El Principito acabó por llegar a un rosal, esta visión le produjo una profunda impresión, puesto que hasta aquel momento creía que la rosa que había germinado en su asteroide era la única que existía en el Universo:

“Luego, se dijo aún: “Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales quizás esté apagado para siempre. Realmente no soy un gran Príncipe…” Y, tendido sobre la hierba, lloró.”

Tras recuperarse un poco de tamaña desilusión se encontró a un zorro con el que mantuvo una curiosa y aleccionadora plática:

“…Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”?
Es una cosa demasiado olvidada-dijo el zorro-. Significa “crear lazos”.
-¿Crear lazos?
-Sí-dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”


Esta apología a favor de la profundidad de las relaciones humanas es especialmente válida en los tiempos que corren, unos tiempos en los que tanto se estila la sonrisita de falsete y una absoluta supremacía de las formas sobre el fondo. No es de extrañar esto, pues como ya os he comentado el individualismo, pérfido germen destructor de las solidaridades colectivas, ha dañado irreparablemente instituciones naturales como la familia (incluida la extensa), o la patria (desde un punto de vista orgánico).
Vivimos en el mundo de lo prescindible, de lo intercambiable. Se llama amigo a una persona conocida una semana atrás, ya no existen esposos o esposas sino parejas… En este ambiente de desarraigo, inmadurez crónica y temor a la inmensidad del espíritu nada es fijo, todo es mudable, efímero… falso. Y digo falso porque la verdad jamás se actualiza, no se reconstruye según las necesidades. O estamos confundiendo conceptos, o estos los hemos diluido por el temor subconsciente a las exigencias implícitas en la aceptación de la verdad.
El zorro prosigue con sus perlas de sencilla, aunque profunda sabiduría.

“Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo. ¡Domestícame!”

La amistad es un valor que se opone frontalmente al utilitarismo tan característico del mundo moderno. La amistad verdadera es una de las manifestaciones mas potentes del amor, (más de lo que pudiera parecer a primera vista). Exige de las dos partes capacidad de sacrificio (sobre todo para aguantar las limitaciones del otro), entrega… o si lo queréis llamar de otra manera generosidad, fidelidad constante en el mutuo proyecto, en la responsabilidad que implica la amistad. Si entendemos el amor desde el punto de vista de la estudiante utilitarista de aspecto vampírico y de la vigilante de seguridad, es decir, como así lo entienden la inmensa mayoría de la gente que se arrastran por nuestras grises y tóxicas ciudades, la verdadera amistad jamás podrá germinar en sus corazones mecánicos, al igual que tampoco podrán experimentar el auténtico amor de esposos. El amor es absolutamente hostil a una reinterpretación utilitarista, mezquina, pragmática o sentimentaloide. O se entiende este desde los paradigmas de la entrega y la generosidad gratuitas, o estaremos hablando de patéticos sucedáneos.
He oído por doquier disparates del tipo; “el amor se acaba”, “lo nuestro se acabó”, o “responsabilidades las mínimas”.
Afirmaciones no cogitadas, vacuas, absurdos paralogismos.
Vivimos en una sociedad vacía, sin sustancia, hombres episódicos, sin solidez, sombras de lo que deberían ser.
Tras comprender el Principito que el amor no es una potente oleada de pasión sino un valor cultivado con constancia se dirigió de nuevo al rosal.

“El Principito se fue a ver nuevamente a las rosas:
-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún-les dijo. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi migo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron molestas.
-Sois bellas, pero estáis vacías-continuó-. No se puede morir por vosotras.”


Al final llegó el momento de separarse de su nuevo amigo, fue un momento duro, aunque cargado de enseñanzas.

“-Adiós-dijo.
-Adiós-dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos… Los hombres han olvidado esta verdad-dijo el zorro-. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.”


Evidentemente el zorro cuando habla del corazón va más allá de las mudables pulsiones emocionales. Con corazón no hace referencia más que a la actitud positiva ante el amor, su deseo constante de avanzar en dicho sentido, en pos de un noble deseo, de una virtud enriquecedora.
Actualmente el concepto responsabilidad, ligado al de sacrificio y templanza es visto como una sospechosa carga indeseada, reacción, por otra parte típicamente infantil. No obstante, sin ella no es posible erigir nada. Esto también está relacionado con el viejo axioma que reza que todas nuestras acciones conllevan su indeleble marca en la eternidad.
Frase esta muy vista, precisamente porque es una gran verdad.