
El Principito se encuentra a un mercader y cruza algunas palabras con él.
“-Buenos días-dijo el Principito.
-Buenos días-dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.
-¿Por qué vendes eso?-dijo el Principito.
-Es una gran economía de tiempo-dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Se hace lo que se quiere…
“Yo-se dijo el Principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”
Este fragmento está relacionado con lo apuntado anteriormente. El hombre moderno se caracteriza entre otras cosas por su futilidad, por su banalidad. Las incesantes innovaciones, la tormenta calidoscópica de novedades nos apartan de lo realmente importante, del auténtico fin de nuestra existencia. Este interminable carrusel de elementos complejos, y en gran medida fatuos a lo que llamamos tecnología nos dispersa, nos confunde y ofusca. Nos deleitamos estúpidamente en esta inmensa y grotesca juguetería que tenemos a bien en llamar arrogantemente: “Primer Mundo”.
Nuestros inventos ofuscan, al igual que nuestra enfermiza economía en donde se confunde el medio con el fin. Pero no es sólo por afán, y gusto por lo intrascendente el que no terminemos de inventar multitud de maquinitas, hay en ello mucho de soberbia, mucho de egolatría. El hombre moderno, ser prometeico por excelencia se deleita en sus constantes e interminables nuevas creaciones tecnológicas, Éstas le reafirman en su errónea y perversa actitud de revuelta ante el orden constituido por Dios. Es como el necio que busca por doquier falsas pruebas o señales que le reafirmen en su necedad, en su deficiencia. Sí, en inventos como las pastillitas antised del mercader que tanto asombraron al Principito por lo absurdo. Sí, hay mucho de soberbia, de desafío a los dioses, el mismo orgullo egolátrico que debió mostrar Lucifer y demás ángeles que renegaron del amor de su Creador.
Todos estos inventos fuerzan a la disociación del hombre moderno. El hombre moderno ha dejado en gran medida de conocerse a si mismo. En este mundo ruidoso hemos olvidado a escuchar el silencio, y lo que es más importante, nuestro silencio.
Leed esta disquisición del piloto de la obra de Saint Exúpery:
“Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el desierto…”
La posesión de nuevos avances tecnológicos no hace sino estimular la triste necesidad de los mismos y acrecentar patéticamente la dependencia hacia lo fútil. De cada capricho tecnológico surgen innumerables pseudonecesidades tecnológicas. Se trata de una especie de hidra que mientras más alimentemos más cabezas genera. Hace diez años no existían esta gran cantidad de inventos electrónicos: Discos duros extraíbles, lápices de memoria USB, retratos digitales, móviles multimedia, MP4s, MP3s…. un sinnúmero de trastos mecánicos que nos hacen perder el sentido de las cosas al ocupar, al monopolizar todo nuestro arco temporal de pensamientos. De ellos surgirán a su vez nuevos cachivaches que no conseguirán hacernos mejores, todo lo contrario. Nos aislamos en torno a su ellos. La técnica nos otorga una errónea sensación de poder, al igual que la ciencia una falsa sensación de sabiduría. Objetos e ideas sesgados para un hombre roto.
Un universo de entelequias y falacias.
En el medioevo y gran parte de la Edad Moderna se creía que los demonios usaban como principal arma los pensamientos enteléquicos de los hombres potenciándolos al máximo. Luchaban para quitarnos de la cabeza en la medida de sus posibilidades tanto a Dios como todo lo sagrado, (es evidente que han progresado mucho en su labor). Intentaban confundirnos, intentaban hacernos divagar inútilmente. Paradójicamente en la actualidad hemos liberado de gran parte de su trabajo a los “daemonia”. Ya no necesitamos de su inspiración… o quizás no.
“Los hombres-dijo el Principito- se encierran en los “rápidos” pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas.
Y agregó.
-No vale la pena…”
Fijaos en la pintura que aparece en la cabecera de la entrada, el autor lo llamó “El Hombre Mancha”. A mí entender representa en no escasa medida al hombre moderno. Un sujeto pesaroso, incongruente, indefinido, oscuro… y perdido. No obstante, y pese a su caos y tensiones interiores se muestra agresivo, hostil y soberbio.
Sobre todo y ante todo soberbio.
“¡-En tu tierra-dijo el Principito-los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
-No lo encuentran…-respondí.
-Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa, o en un poco de agua…
-Seguramente-respondí.
Y el Principito agregó.
-Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón.”
El hombre moderno (1) ha perdido la armonía, su armonía. La estabilidad que otorgaba instituciones antiguamente sagradas como la Iglesia, la familia, la patria… primero se pervirtieron, y luego, estadio en el que aún nos hallamos, se descompone.
Nada tiene sentido, ya todo es relativo y mudable. Se cumple la “profecía” de George Orwell en su obra 1.984. Una sociedad desviada, divorciada de la realidad por medio de su “neolengua”, de su desquiciada semántica que no sirve para definir nada, simplemente porque ese ya no es su objeto.
Por poner sólo un ejemplo os hablaré de nuevo de las relaciones afectivas. Antiguamente todo era muy sencillo, trabajabas y alimentabas a tu familia, institución de la que nos responsabilizábamos y por la que luchábamos, y en la que tiempo ha dábamos un sentido sobrenatural puesto que en si era una manifestación hierofánica más. Los padres con sus hijos colaboraban activamente en la obra del Creador, así se entendía.
En la actualidad los hombres y mujeres intercambian parejas como quien lo hace con la ropa o un vehículo, pues la compañía también se convierte en un producto a consumir… aunque se intente ocultar con falacias y autoengaños la cruda realidad, (la moral y educación burguesa se define sobre todo y ante todo por el imperio de las formas sobre el fondo). La insatisfacción lo llena todo. En nuestras cábalas el amor, (la mayoría ni siquiera sabe, sólo creen saber que significa esa palabra) no ocupa lugar. Priman prioridades marginales y mezquinas. Condicionamos nuestro “amor” en base a unas condiciones previas, mercadeando con los afectos como lo haría el peor de los charlatanes. Pervirtiendo la realidad, redefiniéndola, prostituyéndola en base a intereses materiales, camuflando nuestras miserias con los ropajes de la falsa virtud: prudencia, sentido común, economía… multitud de excusas para ocultar nuestro egoísmo, nuestra vaciedad, nuestra mezquindad a la hora de dar amor. Somos demasiados infantiles para abriros al otro, demasiado centrados en nuestros patéticos YO, demasiado cobardes para dar un paso en firme definitivo.
Sí.
Coleccionamos y amasamos pero esto en vez de llenar nuestro inmenso vacío lo único que hace es aumentar mediante la plástica evidencia nuestra insulsas almas.
El Principito decide volver a su asteroide, pero no puede llevar su cuerpo, es demasiado pesado. Una serpiente venenosa le ayuda a desprenderse del mismo mediante su veneno.
El final de la obra es melancólica, pero profunda, y por ende auténtica.
Os recomiendo fervorosamente su lectura.
“-Buenos días-dijo el Principito.
-Buenos días-dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.
-¿Por qué vendes eso?-dijo el Principito.
-Es una gran economía de tiempo-dijo el mercader-. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Se hace lo que se quiere…
“Yo-se dijo el Principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría tranquilamente hacia una fuente…”
Este fragmento está relacionado con lo apuntado anteriormente. El hombre moderno se caracteriza entre otras cosas por su futilidad, por su banalidad. Las incesantes innovaciones, la tormenta calidoscópica de novedades nos apartan de lo realmente importante, del auténtico fin de nuestra existencia. Este interminable carrusel de elementos complejos, y en gran medida fatuos a lo que llamamos tecnología nos dispersa, nos confunde y ofusca. Nos deleitamos estúpidamente en esta inmensa y grotesca juguetería que tenemos a bien en llamar arrogantemente: “Primer Mundo”.
Nuestros inventos ofuscan, al igual que nuestra enfermiza economía en donde se confunde el medio con el fin. Pero no es sólo por afán, y gusto por lo intrascendente el que no terminemos de inventar multitud de maquinitas, hay en ello mucho de soberbia, mucho de egolatría. El hombre moderno, ser prometeico por excelencia se deleita en sus constantes e interminables nuevas creaciones tecnológicas, Éstas le reafirman en su errónea y perversa actitud de revuelta ante el orden constituido por Dios. Es como el necio que busca por doquier falsas pruebas o señales que le reafirmen en su necedad, en su deficiencia. Sí, en inventos como las pastillitas antised del mercader que tanto asombraron al Principito por lo absurdo. Sí, hay mucho de soberbia, de desafío a los dioses, el mismo orgullo egolátrico que debió mostrar Lucifer y demás ángeles que renegaron del amor de su Creador.
Todos estos inventos fuerzan a la disociación del hombre moderno. El hombre moderno ha dejado en gran medida de conocerse a si mismo. En este mundo ruidoso hemos olvidado a escuchar el silencio, y lo que es más importante, nuestro silencio.
Leed esta disquisición del piloto de la obra de Saint Exúpery:
“Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre un médano de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y sin embargo, algo resplandece en el desierto…”
La posesión de nuevos avances tecnológicos no hace sino estimular la triste necesidad de los mismos y acrecentar patéticamente la dependencia hacia lo fútil. De cada capricho tecnológico surgen innumerables pseudonecesidades tecnológicas. Se trata de una especie de hidra que mientras más alimentemos más cabezas genera. Hace diez años no existían esta gran cantidad de inventos electrónicos: Discos duros extraíbles, lápices de memoria USB, retratos digitales, móviles multimedia, MP4s, MP3s…. un sinnúmero de trastos mecánicos que nos hacen perder el sentido de las cosas al ocupar, al monopolizar todo nuestro arco temporal de pensamientos. De ellos surgirán a su vez nuevos cachivaches que no conseguirán hacernos mejores, todo lo contrario. Nos aislamos en torno a su ellos. La técnica nos otorga una errónea sensación de poder, al igual que la ciencia una falsa sensación de sabiduría. Objetos e ideas sesgados para un hombre roto.
Un universo de entelequias y falacias.
En el medioevo y gran parte de la Edad Moderna se creía que los demonios usaban como principal arma los pensamientos enteléquicos de los hombres potenciándolos al máximo. Luchaban para quitarnos de la cabeza en la medida de sus posibilidades tanto a Dios como todo lo sagrado, (es evidente que han progresado mucho en su labor). Intentaban confundirnos, intentaban hacernos divagar inútilmente. Paradójicamente en la actualidad hemos liberado de gran parte de su trabajo a los “daemonia”. Ya no necesitamos de su inspiración… o quizás no.
“Los hombres-dijo el Principito- se encierran en los “rápidos” pero no saben lo que buscan. Entonces se agitan y dan vueltas.
Y agregó.
-No vale la pena…”
Fijaos en la pintura que aparece en la cabecera de la entrada, el autor lo llamó “El Hombre Mancha”. A mí entender representa en no escasa medida al hombre moderno. Un sujeto pesaroso, incongruente, indefinido, oscuro… y perdido. No obstante, y pese a su caos y tensiones interiores se muestra agresivo, hostil y soberbio.
Sobre todo y ante todo soberbio.
“¡-En tu tierra-dijo el Principito-los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… Y no encuentran lo que buscan…
-No lo encuentran…-respondí.
-Y, sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa, o en un poco de agua…
-Seguramente-respondí.
Y el Principito agregó.
-Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón.”
El hombre moderno (1) ha perdido la armonía, su armonía. La estabilidad que otorgaba instituciones antiguamente sagradas como la Iglesia, la familia, la patria… primero se pervirtieron, y luego, estadio en el que aún nos hallamos, se descompone.
Nada tiene sentido, ya todo es relativo y mudable. Se cumple la “profecía” de George Orwell en su obra 1.984. Una sociedad desviada, divorciada de la realidad por medio de su “neolengua”, de su desquiciada semántica que no sirve para definir nada, simplemente porque ese ya no es su objeto.
Por poner sólo un ejemplo os hablaré de nuevo de las relaciones afectivas. Antiguamente todo era muy sencillo, trabajabas y alimentabas a tu familia, institución de la que nos responsabilizábamos y por la que luchábamos, y en la que tiempo ha dábamos un sentido sobrenatural puesto que en si era una manifestación hierofánica más. Los padres con sus hijos colaboraban activamente en la obra del Creador, así se entendía.
En la actualidad los hombres y mujeres intercambian parejas como quien lo hace con la ropa o un vehículo, pues la compañía también se convierte en un producto a consumir… aunque se intente ocultar con falacias y autoengaños la cruda realidad, (la moral y educación burguesa se define sobre todo y ante todo por el imperio de las formas sobre el fondo). La insatisfacción lo llena todo. En nuestras cábalas el amor, (la mayoría ni siquiera sabe, sólo creen saber que significa esa palabra) no ocupa lugar. Priman prioridades marginales y mezquinas. Condicionamos nuestro “amor” en base a unas condiciones previas, mercadeando con los afectos como lo haría el peor de los charlatanes. Pervirtiendo la realidad, redefiniéndola, prostituyéndola en base a intereses materiales, camuflando nuestras miserias con los ropajes de la falsa virtud: prudencia, sentido común, economía… multitud de excusas para ocultar nuestro egoísmo, nuestra vaciedad, nuestra mezquindad a la hora de dar amor. Somos demasiados infantiles para abriros al otro, demasiado centrados en nuestros patéticos YO, demasiado cobardes para dar un paso en firme definitivo.
Sí.
Coleccionamos y amasamos pero esto en vez de llenar nuestro inmenso vacío lo único que hace es aumentar mediante la plástica evidencia nuestra insulsas almas.
El Principito decide volver a su asteroide, pero no puede llevar su cuerpo, es demasiado pesado. Una serpiente venenosa le ayuda a desprenderse del mismo mediante su veneno.
El final de la obra es melancólica, pero profunda, y por ende auténtica.
Os recomiendo fervorosamente su lectura.
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(1) Cuando uso conceptos como “moderno” o “tradición” soy consciente de que puedo llevar a más de un lector a engaño. En este ensayo, (y en el que está por venir) “moderno” hace referencia a las cualidades y sujetos que se caracterizan por pertenecer a la “modernidad”. Fenómeno este cuya cualidad capital es la de erigir al hombre antitradicional como sujeto histórico. Por otro lado “tradición” es entendido por muchos como sinónimo de rancio, viejo e incluso burgués. Pues bien, con tradicional no hago referencia a un modelo cultural, (en el sentido total del término) pues la mentalidad burguesa pertenece a la modernidad en su etapa ya contemporánea, si no en la ya casi extinta cosmovisión caracterizada por una visión de la existencia suprafísica y teofánica.


