La llama incombustible, el fuego abominable, el gusano que siempre devora... el concepto ha adoptado muchas denominaciones a lo largo de las épocas. Pero éste; el odio, el rencor, desde siempre ha causado a quien lo padece un constante e hiriente quemazón en el alma. Sin lugar a dudas esta torpe pasión desestructura nuestra unidad interior de forma clara y dolorosa.Las pasiones son los afectos, emociones o impulsos de la sensibilidad, (componentes naturales de la psicología humana) que inclinan a obrar o a no obrar, en vista de lo que se percibe como bueno o malo. Las principales de estas pulsiones básicas son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la cólera. La pasión fundamental es el amor, provocado este por el atractivo del bien. Tened en cuenta que el amor sólo ama el bien; sea este real o aparente, en tanto en cuanto como virtud está libre de tacha.
No hagáis caso alguno a esos charlatanes impertinente, que a modo de malvados prestigitadores del pérfido engaño os atosigan con vacuas declaraciones, capaces todas ellas de desvirtuar el sentido del amor verdadero. Tampoco deis valor a las ingenuas creencias extendidas entre el vulgo, y entendidas como ciertas, de la clase: "el amor pasa", o "polos contrarios se atraen", o "el amor se acabó". Recordad la vieja máxima latina: "asinus assinum fricat"; el asno frota al asno, en tanto en cuanto entre la chusma ingrata, ruidosa y torpe, las más absurdas aseveraciones se tornan, como por cínico e insolente encanto en máximas sabias, y muy prudentes todas ellas.
La verdad no entiende de mayorías... y menos cuando estas han sido previamente moduladas por torcidas voluntades.
Ya los griegos sacaron a la palestra al asunto de las pasiones. Para ellos estas giraban en torno a la noción de dos variables; autogobierno y autocontrol. Siempre tuvieron bien claro que las pasiones son pulsiones involuntarias del alma, y que si el sujeto no les ponía freno corría el peligro de que esas primitivas pulsiones obnubilaran su razón. Platón comentaba muy acertadamente que progresar en el camino de la virtud exige la subordinación de las pasiones a la razón. Esta es una gran verdad, porque si la libertad humana queda mutilada a razón de una pasión desatada, ¿cómo podremos alcanzar equilibrio alguno si nuestro corazón cae víctima del imperio despótico de la sinrazón?
Con el cristianismo tanto San Agustín como Santo Tomás tuvieron por cierto que el error no hay que radicarlo en la pasión en sí, sino en la razón humana. San Agustín creía firmemente que a espíritus virtuosos les corresponden pasiones virtuosas. Los sabios de la Santa Madre Iglesia siempre han sido lo suficientemente inteligentes para discernir que el cuerpo es una parte irreductible del yo. Cierto es que la Iglesia no niega el valor de la intelección del deseo racional.
Conviene evitar las corrientes doctrinales que insiden en una visión de la existencia materialista y positivista, por ejemplo, el decisionismo de la ética kantiana, o el determinismo freudiano, pues al ser visiones sectoriales de lo humano pervierten la realidad humana como un todo integral e indivisible. Las pasiones, en cuanto impulsos de nuestra sensibilidad, no son en sí mismas ni buenas ni malas; son buenas cuando contribuyen a una acción o acciones buenas, en caso contrario serán malas.
Así de sencillo.
Por lo que tenemos aquí que el odio es una evidente desviación moral.
El odio surge del rencor, y el rencor se genera cuando hemos caído víctima de una ofensa real, casi siempre, aunque en ocasiones también puede ser imaginaria, o al menos andar esta revuelta en complejas y tupidas razones. Sea como sea cuando el alma bulle es muy difícil que la persona víctima de su odio racionalice y objetivice su dolor.
Cuando la persona recibe en sucesivas ocasiones daños en su sensibilidad, y no permite una salida a esas presiones emocionales, estas irán acumulándose, y como comprenderéis, esto no es nada bueno. Mientras más crezca el odio más compleja será la labor de curación, y más daños generará en el alma y la mente del desdichado de turno. En esto también tiene que ver la ideología y la naturaleza de la persona, no es lo mismo una persona biliosa, que otra nerviosa, o una colérica. Cada persona posee un equilibrio de sus humores bien diferente.
Pondré ejemplos concretos, pues me sospecho que estoy adoptando un talante un tanto académico y abstracto.
Conozco a una mujer que siente por muchas cosas odio. Ese odio se lo ocasionó un desaire de raíz sentimental. Bajo su concepto el hombre con el que estuvo no dio la talla y "tiró la toalla", dando por finiquitada la relación. Ella se sintió burlada y dolida, al ver rotas sus espectativas de futuro. Ese daño que recibió, (y sin duda otros provocados antes de la ruptura) no han sido liquidados aún, sino que permanecen en su interior, ofuscando en parte la percepción de esta persona. El odio es una especie de mancha sobre la realidad que hace que esta la percibamos opaca, al menos en parte.
Hasta hace muy poquito recomendé a una conocida mía, escritora ella, que releyese la obra de Andersen; La Reina de las Nieves. En esta obra se narra como Satán creo un espejo cuya contravirtud era deformar la realidad. Todo lo que quedaba reflejado en él mostraba únicamente su faceta infame, (todos tenemos un lado oscuro) y además amplificaba la fealdad proyectada. Los demonios se burlaban de esta guisa de toda la Creación. Pero cuando ya quisieron veleidosamente llevar sus chanzas hasta el mismo Dios, Éste les hizo caer, y rompió con su infinito poder el blasfemo espejo en millones de pedazos. Los fragmentos se extendieron por todo el globo, y sus insignificantes partículas fueron acoplándose en los corazones de los hombres. Las personas, seres anteriormente armónicos y felices en medio de la obra de Dios comenzarón a mostrar perversidades. Sólo veían lo negativo en todo lo que le rodeaban, y comenzaron a cuestionar el status quo anterior, creando de ipso facto una nueva realidad, más acorde a su estrenada visión: os estoy hablando de un mundo lleno de números, máquinas y corazones fríos y duros como el acero. En ese nuevo mundo reinaba una diablesa de aspecto hermoso, pero era una hermosura cruel, devastadora, fría... gélida hasta morir.
Pues bueno... que me enrrollo como una persiana y escribo la Biblia en pasta. Quería contaros este resumen parcial para crear un interesante paralelismo. El odio es un fragmento de ese cristal luciferino que sólo sirve para turbarnos la razón, y hacernos errar sin cesar. Debemos extirpar ese mal quienes lo padece, (por la cuenta que le trae al que lo sufre).
¿Y cómo?
Pues bueno... puedo responder de dos maneras, la cristiana (soy creyente... perdonad mi talante reaccionario), o la laica bienpensante.
Haré una cosa, os presentaré un híbrido que os sea comestible.
He de admitir que soy una persona muy visceral, demasiado. Aunque presumo de frío en el fondo cuando me llega la oleada de ira se me suben los colores y acabo hablando arameo, (creo que eso se llama xenoglosia... mala cosa). Pues bien, una conocida mía, (que me falló por segunda y última vez) me dijo muy acertadamente que el odio propio no hace daño alguno contra la persona o situación objeto del odio, sino a uno mismo.
Pues bien, hace bien poco, a la altura de una de las calles peatonales paralelas al Cabildo Insular de Gran Canaria me crucé con una persona hacia la que no me mueve de un tiempo para acá sentimiento positivo alguno, más bien al contrario. Esa persona sonrió al verme a placer, y me saludó con un diplomático y artificial:
"Hola Néstor".
Acto seguido la bilis se me agarró a la traquea, y comencé a enumerar en mi mente toda la tipología habidas y por haber de torturas chinas... pero luego llegué a la conclusión de que estaba haciendo el idiota. Así que pensé:
"Y si esa persona actua presa de una pueril vanidad y en consecuencia no se está burlando de mí... ¿qué? Y si se está burlando... ¿Qué también? ¿Me afecta que se comporte como un ser absolutamente infantil?"
Así que respiré profundamente, deje a los perversos sabios chinos imaginando como hacer crecer su patria a un 9% en el próximo ejercicio económico, y seguí pensando en lo mío.
¿Sabéis una cosa? Me funcionó.
¿Qué os quiero decir con ello? Que con voluntad y racionalizando la inutilidad de tan ácida pulsión se puede conseguir ir limándola. Claro que con puro voluntarismo poco se puede hacer. Necesitamos valores. Para eso no tenéis que ir a misa a diario, bastará admitir que el amor no admite sentimientos restrictivos o destructivos. Y amar hemos de amar a todos, no sólo a aquella persona con la que compartimos cama, hipoteca y neuras. El populacho más vil tiene una concepción del amor primitiva y vulgar, pero confío en que vosotros poseáis la suficiente delicadeza de espíritu para discernir lo torpe y desnaturalizado, de lo equilibrado y natural. Sólo tenéis que ser un pelín sinceros con vosotros mismos... que sí, que sé que es fácil seguir la corriente. Así que os animo a ser molestones como yo, os hará bien.
Saludos.

2 comentarios:
Felicidades por el nombre del blog ¡me encanta lo de molesto, luego existo! ¡Abajo los tibios y los cobardes y los políticamente correctos!
No podríamos estar más de acuerdo.
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