Lectores asiduos

jueves 14 de julio de 2011

Los Teletubbies. Esas cosas impersonales

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Desde el primer día que los vi me repelieron los dichosos teletubbies. Esos muñequitos suecos que no paraban de reír y mascullar incoherencias de forma compulsiva cual autistas profundos. ¿Alguno de vosotros, mis bienamados lectores sabe de qué demonios se reían? ¿Qué caracoles se decían en esa especie de lenguaje primigenio?
Que ridículos eran esos seres chillonamente policromos y fofos hasta caer víctimas de la perversidad estética.
Me pregunto cuánto aguantarían corriendo en una pista de atletismo. Imagino que habría que motivarlos con alguna que otra patada en sus amplias y poco firmes posaderas.
¿Y qué decir de su menguado universo conceptual? Su vocabulario era tan pobre que hasta la última edición del diccionario orweliano de "Neolengua" podría pasar por ser la herramienta culmen que nos sirviera para desencriptar los secretos capitales del Universo. Un absoluto vacío neuronal.
Me asqueaba la artificiosa similitud de cada uno de ellos, la ausencia de individualidad, y sus comportamientos sospechosa e indecentemente homogéneos.
Los teletubbies vivían en una casa de campo a lo hobbit. Pero no os confundáis, a diferencia de los hobbits su campo verde fluorescente era de pega. Un ofensivo y deprimente mar de plástico muerto. Su hogar no era más que un “paraíso” artificial, una especie de limbo perversamente onírico e irreal.
Pero de todo, lo que más me ponía de los nervios era el dichoso telefonito de los años treinta que surgía como por encanto de la tierra. Ese trasto no pegaba nada en aquel lugar… o quizás sí. Al igual que ese sol que mostraba incoherentemente la cara de un bebe. ¡Es más. No era más que el rostro de un bebe orlado en amarillo!
El telefonito repelente giraba de un lado para otro como si tuviera vida propia, de modo semejante al ojo mecánico de las naves extraterrestres que salían en la película “La Guerra de los Mundos”. Luego soltaba una parrafada, para posteriormente volverse a ocultar en las profundidades. En ocasiones sus frases era licuadas, sin consistencia alguna, pero en otras el telefonito parlante vomitaba alguna que otra "perla de sabiduría" de cosecha propia.
Era entonces cuando me asaltaban las sospechas acerca de las insanas intenciones formativas de los creadores de esos repelentes muñequitos. Seres obesos, impersonales y obedientes a no ser que extraño e ignoto demiurgo… sueco, creo.
Sí. Suecia. País “avanzado” en donde tienen una larga experiencia de control sobre su no muy dilatada población.
Os lo pido. No dejéis a vuestros hijos ver esos seres aberrantes. Sí queréis castigarlos bastará con dejarles ver los programas “pogres” de la Cuatro o la Seis.

2 comentarios:

Ingrid dijo...

Completamente de acuerdo; no aportaban diversión, no innovaban y sólo los usamos actualmente como referencia de las peores transmisiones televisivas para niños. Una vergüenza completamente.

Arcana Mundi dijo...

Pero lo peor es que detrás de unos, aparentemente inocuos programas, las oligarquías dominantes pretenden generar unas actitudes... unas tendencias determinadas.
Ingeniería social en suma, y no de la buena precisamente.