Actualmente la familia está pasando por una muy dura prueba.
Algunos la detestan, y muchos pervierten su verdadera naturaleza. En las actuales circunstancias es prioritario apostar por esta institución natural, imprescindible para el desarrollo de cualquier sociedad sana. No voy a entrar a describir lo mal que van las cosas. Sólo deseo desarrollar lo que hay de hermoso en ella. Algo que creo que merece la pena recordar siempre.
La familia es tan importante que cuando ésta falla se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que acabará por pesar a lo largo de toda su vida, y aquí incluyo a las familias que, aunque en apariencia muestren unidad, en realidad se hallan en un continuo estado de crónica crisis. Antaño, la gente joven salía del seno de su familia para fundar otra “aparte”, es decir, un nuevo núcleo familiar. Las cosas en otro tiempo eran más sencillas… y auténticas. Hoy todo es demasiado confuso, y lo innecesario y prescindible parece que se han propuesto ofuscar la mente a todo el personal. Entre tanto caos difícilmente se podrá erigir algo positivo.
Hace unos años, en lo que esperaba a devolver un libro en la primera planta de la Biblioteca Insular de Gran canaria encontré a dos jóvenes. El muchacho le decía a la adolescente que hoy “nadie se casa”. Lo que me dejó de piedra no fue el comentario en si, pues en realidad, a juzgar por las pintas que llevaban ambos elementos harían un inmenso favor a nuestra especie si no contrajeran el sacramento del matrimonio. Lo que me dejó patidifuso fue la forma de decirlo. Resultó ser una declaración total y absolutamente derrotista. Una especie de “no hay nada que hacer”, o un “no hay camino que recorrer en esa dirección”. Una plena ausencia de esperanza en la familia… la nada y la devastadora aceptación de la derrota.
¿Triste, verdad?
La familia es tan importante que incluso para aquellas personas que deciden permanecer solas, (hay muchos motivos de peso para tomar una decisión así) ésta es algo inestimable e insustituible.
Sobre la familia apoyamos todo el espectro de nuestras relaciones sociales.
Uno de los más fieles aliados de la familia en la actualidad es la Iglesia. Esta sagrada institución fomenta la dignidad del matrimonio y el respeto al linaje. De hecho la Iglesia considera el apoyo a la familia una de sus tareas más esenciales. Últimamente se ha venido a considerar familia a cualquier cosa. Se ha intentado vestir con los ropajes de la seducción (y en mi opinión con muy mala fortuna), situaciones que son gravemente irregulares… aberrantes algunas. Tales situaciones en parte creadas intencionadamente, y en parte originadas como producto de un gradual proceso corruptor, contradicen la “verdad y el amor” que debe imperar en la recíproca relación entre hombre y mujer. Y por lo tanto, son causa de tensiones y divisiones en las familias… con graves consecuencias, especialmente para los hijos.
La falta de conciencia moral oscurece, deforma, y falsea conceptos como “verdad”, “belleza”, “bondad”. La sana libertad se torna en ausencia de la misma, por culpa de la tiranía de los impulsos desatados… algunos de ellos de lo más bajo.
El vicio y la libertad nunca fueron de la mano.
Los hijos son una gran responsabilidad. La paternidad y la maternidad humanas, aún siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en si misma, de manera esencial y exclusiva una “semejanza” con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor, lo que los latinos llamaban “comunico personarum”.
La familia es la más pequeña y primordial comunidad humana. Los ladrillos con los que se constituye cualquier sociedad. Si ella falta, todo se va al infierno. Aparte de que sin familia no hay descendencia, y sin descendencia la curva demográfica pasaría a ser peligrosamente inflacionaria.
Ser padres es el evento mediante el cual la familia, ya constituida por la alianza del matrimonio, se realiza “en sentido pleno y específico”. Sin duda la familia es la primera sociedad humana. ¿Acaso puede existir a nivel humano una comunión comparable a la que se establece entre la madre y el hijo, que ella lleva antes en su seno y que posteriormente da a luz?
El principal enemigo de la familia es el egoísmo, el visible e invisible, el evidente o camuflado. El amor puede ser profundizado y custodiado únicamente por el AMOR, no por razones o intereses secundarios.
No hay que olvidar jamás que aunque la paternidad y maternidad humanas están basadas en la biología, al mismo tiempo la superan. Para un creyente, es decir, para cualquiera que tenga una visión tradicional del mundo la generación es la continuación de la creación, los padres colaboran en la creación divina. Y en verdad los esposos han de ver en sus hijos la coronación natural de su recíproco amor; su don más excelso. Hay poca vida humana en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y compartir el bien común; y sin embargo el bien, por su naturaleza exige ser creado y compartido con otros. El bien tiende a expandirse, es su característica principal, su generosidad: “bonum est diffusivum sui”. De hecho el hombre no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega de sí mismo. El amor hace que el hombre se realice mediante la entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede comprar y vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente. La entrega de la persona exige, por su naturaleza, que sea duradera e irrevocable. La indisolubilidad del matrimonio deriva primariamente de la esencia de esa entrega. Sin entrega sincera el matrimonio quedaría en mera fanfarria, en algo vacío.
El predominio de la mentalidad mezquina en las modernas uniones se extiende a los hijos, se cuestiona que el hijo sea un don, y se entiende como una molestia que además absorbe recursos económicos que podría destinarse a atrayentes y divertidos bienes de consumo. Cuestiones inquietantes que sin duda hay que abordar. De hecho la unión conyugal posee dos esferas inseparables. La esfera unitiva (la unión de la pareja), y la procreativa, (el fruto natural y lógico de esa unión). Separarlas, o incluso anular alguna de ellas pervierte el sentido del amor, el del matrimonio, y el de la familia. La persona jamás ha de ser entendida como un medio para alcanzar un fin. Por supuesto hoy en día esto no se tiene en cuenta, quizás un poco más por parte de las mujeres, que con corrupta perfidia ven en el hombre una inversión práctica de índole material. Naturalmente no todas son así, pero lo cierto es que las tendencias mayoritarias están muy claritas. Ese tipo de personas carecen de “valor” humano, ellas mismas han optado por autosuprimirse como personas al desechar voluntariamente su dignidad.También hay muchos hombres que ven a la mujer como una mera fábrica de placer.
Si bien es cierto que por un lado existe la “civilización del amor”, por otro está la posibilidad de una “anticivilización”, destructora sutil de todo lo hermoso, como demuestran las situaciones de hecho y las líneas fuerza que marcan el cambio social. ¿Si no quién puede negar que la nuestra es una época de gran crisis, que se manifiesta ante todo como profunda crisis de la verdad? Crisis de la verdad significa en primer lugar crisis de conceptos. Los términos “amor”, “libertad”, “sacrificio”, e incluso “persona” o “derechos de persona”.
¿Todos estos conceptos que acabo de enumerar, por poner sólo unos ejemplos, significan actualmente lo que son por naturaleza?
El positivismo produce como frutos el agnosticismo a nivel teórico, y el utilitarismo en una civilización basada en producir y disfrutar; una civilización de las cosas, y no de las personas. En esta civilización las personas son consideradas y se usan como si fueran objetos. En el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre (y muchas de ellas lo promueven para así hacerse con una práctica herramienta de dominio), los hijos son un obstáculo para el egoísmo de los padres (el año pasado se realizaron 85.000 infanticidios sólo en España), y la familia pasa a ser una institución que dificultad la libertad de sus miembros (a los inmaduros los compromisos les asfixia). En semejante situación cultural la familia no puede dejar de estar amenazada.
Occidente lo puebla una masa humana esclava de sus debilidades. Una raza de seres patéticos y gimoteantes.
Yo diría que no.
La belleza del amor se halla precisamente en el hecho de ser exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás. Sólo quien, en nombre del amor sabe ser exigente consigo mismo puede pedir amor a los demás. Pero no nos engañemos, este no es sólo un problema privado o doméstico, pues los peligros que incumben al amor constituyen una amenaza a la “civilización del amor”.
El egoísmo, en cualquiera de sus formas, se opone directa y radicalmente a la “civilización del amor". Entrega para los demás: esta es la dimensión más importante de la “civilización del amor”.
La libertad no puede ser entendida como facultad de hacer cualquier cosa. Libertad significa entrega de uno mismo, es más, disciplina interior de la entrega. En el concepto de entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa del sujeto, sino también la dimensión del deber.
El individualismo supone un uso de la libertad por el cual el sujeto hace lo que quiere, “estableciendo” el mismo la “verdad”… su verdad. Naturalmente está verdad irá en función de lo que más le gusta o le resulta ser útil. No admite que otro quiera o exija de él en nombre de la verdad objetiva. Por lo tanto el individualista es de naturaleza egocéntrica. Sin duda con chulerías y caprichitos no se levanta nada bueno y consistente.
El llamado “amor libre” explota las debilidades humanas dándole un cierto aspecto de aparente nobleza con ayuda de la mentira y de la opinión mayoritaria creada por los medios de comunicación. Esta última siempre convenientemente moldeada por las oligarquías de poder. Se trata así de “tranquilizar” las conciencias creando una coartada moral basada en el autoengaño, la soberbia y el apoyo social. Se cumple así la máxima latina “asinus assinum fricat”, el asno frota al asno. La suma y coincidencias de intereses mezquinos permiten una gigantesca coartada en donde lo evidente es ocultado y tergiversado. Una apabullante representación teatral bastante grotesca.
Los que más pena me dan son los niños. ¡Dios mío! Estamos creando una generación de huérfanos de padres vivos.
El día de Reyes vi como un padre cargaba en el coche los juguetes del crío. Se trataba de un coche y una motocicleta teledirigidos. ¡Exacto! Una excelente manera de no atender al hijo por medio de un juguete de factura bizantina que imposibilita el juego participativo. Una maquinita cuya única finalidad es hacer ruido y poco más. Un “juguete” perverso que cultiva niños aislados, individualistas, escasamente creativos, grises y pijoteros. Quien haya leído Momo recordará como los demonios grises intentaron “sobornar” a la protagonista con una muñeca de este estilo.
El padre ha de educar a su hijo, ha de comprometerse al cien por cien en esta labor sagrada que hace tanta falta a la familia como a la sociedad. Los juguetes mecánicos no se prestan a dicha labor… menos aún los electrónicos. Las “plays stations” y toda esa basura tecnológica sólo son válidas para crear obedientes y grises inútiles mentales.
Bueno.
Voy a cambiar de tema pues me estoy sulfurando.
Volviendo a lo anterior, como es bien sabido en la base del utilitarismo ético está la búsqueda constante del “máximo” de felicidad: una felicidad utilitarista, entendida sólo como placer, como satisfacción inmediata del individuo, y que habitualmente se halla por encima, o en contra de las exigencias del verdadero bien. En resumen el proyecto individualista está basado en una libertad orientada en sentido egotista, o sea, una libertad sin responsabilidad, constituye la antítesis del amor e imposibilita automáticamente el proyecto familia.
Otra de las características de la familia es que es una comunidad de relaciones interpersonales particularmente intensas entre esposos, entre padres e hijos… entre generaciones en suma. Es una comunidad que debería ser especialmente garantizada, y evidentemente hoy en día como que no.
Un aspecto trascendental en el buen desarrollo de la familia es la educación. Como católico considero que la educación puede ser considerada un verdadero y propio apostolado. Si al dar la vida los padres colaboran en la obra creadora de Dios, mediante la educación participan de su pedagogía paterna y materna a la vez. Una cosa hemos de grabar a fuego en nuestras cabezas: los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental; son educadores por ser padres. Los padres comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia o el Estado. En efecto, los padres no son capaces de satisfacer por sí solos las exigencias de todo el proceso educativo. En todo proceso educativo lleva a la fase de autoeducación, que se alcanza cuando, gracias a un adecuado nivel de madurez psicofísica, el hombre empieza a “educarse el sólo”… por llamarlo de alguna manera.
Sea como sea la Iglesia debería cumplir en el ámbito educativo un papel, o el papel, pero como eso no ocurre el hogar ha quedado envestido de mayores responsabilidades aún para con la descendencia. Esto ha coincidido en una etapa donde los padres huyen de sus responsabilidades. La educación religiosa en familia es algo muy bello y necesario, incluso un motivo de unión familiar. No hay que olvidar que la Iglesia tiene muy presente a las familias en su papel de “iglesia doméstica”. Ni la propia Iglesia puede sustituir absolutamente a los padres en la educación de sus hijos… y eso que doctores tiene la Iglesia.
El amor no deja jamás de estar sujeto a un continuo examen.
Los derechos de la familia no son simplemente la adición cuantitativa de los derechos de la persona, siendo la familia algo más que la suma de sus miembros. La familia es comunidad de padres e hijos; a veces comunidad de diversas generaciones. Me produce risa las familias cuyos componentes se autoproclaman en una especie de “república autónoma”, y como una muestra de pobre y triste individualismo se encierran en sus habitaciones y se conectan a sus maquinitas sofisticadas y luminosas, unas más ruidosas que otras. Pero todas vacuas. Una incomunicación total, un perverso caldo de individualismo cicatero. Moderno.
Se ha de amar hasta el último extremo, al cien por cien, y con fidelidad y entrega total. Y si no se hace así es que realmente algo malo anida en la pareja en cuestión, una amenaza que tarde o temprano germinará y hará brotar la ruptura. La falta de compromisos puede tener su origen en la inmadurez, e incluso en pulsiones más oscuras.
En la era moderna se ha progresado mucho en el conocimiento del mundo material y también de la psicología humana. Pero respecto a su dimensión más íntima; la metafísica, el hombre de hoy es en gran parte un desconocido para sí mismo. Por ello podemos decir también que la familia es en la actualidad una gran desconocida. Actualmente el racionalismo imperante no soporta el misterio, la soberbia cartesiana no admite que el hombre se encuentre ante misterios que jamás dilucidará. Ya sabéis la máxima del hombre hecho a la medida del hombre, el hombre divinizado… un auténtico disparate tan propio del Renacimiento.
Nos rodea una especie de vago panteísmo, deísmo incluso. Tendencias por otra parte muy típicas de la pseudoespiritualidad de la “New Age”. Todos hemos oído en alguna ocasión tonterías del tipo “la naturaleza es sabia” y cosas así. Siempre será necesario en cualquier modelo explicativo global universal una razón primaria y rectora, una inteligencia superior, y jamás valdrán las cabriolas evolucionistas que curiosamente sin pretenderlo, dan la razón a las enseñanzas tradicionales al divinizar inconscientemente a la naturaleza, atribuyéndole una inteligencia misteriosa y sutil… mágica al parecer.
Si os dais cuenta lo que interesa aquí es negar la noción de Dios. Lo que prima es no aceptar el orden natural. De buscar la salida por la tangente para llegar al “haz lo que quieras”. Así el hombre ha perdido la perspectiva de Su Creador, un Dios que lo ama. Así sólo queda una dimensión temporal de la vida, una especie de terreno salvaje de lucha por la existencia, de afanosa búsqueda por la ganancia, la economía ante todo.
Sí, sin duda este mundo alternativo no tiene nada que lo haga mejor a uno tradicional. Muchos ingenios mecánicos, una muestra más de la vanidad del hombre moderno no nos ha tornado mejores personas. Sólo, y como diría el “Principito” de Exupéry, en hongos.
Seres hongo.
Nuestra civilización es una civilización enferma que produce profundas trastornos en la unidad del hombre.
La mayoría de los modernos matrimonios tienen un modo de enfocar la realidad dominada por la concupiscencia. Mediante ésta el hombre tiende a apoderarse de otro ser humano, que no es suyo, sino que “pertenece” a Dios, o sea, quién le hizo Ser. Una persona no es una cosa que se adquiere. En esta visión deforme de la satisfacción personal incluso se llega a considerar que el fruto del amor; los hijos, son fruto de la maldición.
Algo realmente satánico.
En resumen, la familia es el primer ambiente humano en el cual se forma el hombre interior.
Eso es lo que hay.

1 comentarios:
Muchas cosas muy ciertas. Cuando deberíamos usar la tecnología para que nos quede más tiempo para la familia, hemos hecho todo lo contrario. Y así en todo, hemos perdido el objetivo, supongo. Ahora, ¿qué hacer? ¿Cómo reunirse ahora que hemos olvidado...?
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