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Uno de los antiguos camaradas de armas
del Barón Loco recordó años después que cuando uno observaba a Ungern no podía
dejar de sentirse transportado hasta la misma Edad Media. Ungern-Sternberg
tenía muy presente la arquitectura mental del guerrero cruzado de sus lejanos
antepasados, que era en sus rasgos generales la de todo el medioevo… la misma sed guerrera y fe en lo
sobrenatural. El Barón Loco se sentía muy unido a los espíritus de sus
antepasados.
El Barón siempre creyó que Occidente había perdido sus raíces tradicionales por
culpa de la “Modernidad”, cayendo en consecuencia en una profunda fosa moral y
cultural. Las Revoluciones Rusas, (incluía en el saco a las liberales del siglo
XIX) eran manifestaciones concretas de esa decadencia. Para él, sólo en
Oriente, especialmente en el budismo cabía una posibilidad de regeneración. Dimitri
Aloishin afirmó que Ungern había recibido enseñanzas budistas por parte de
maestros de dicha corriente espiritual.
Ungern-Sternberg
tenía como gran meta instaurar de nuevo a los Románov en el trono de un
renacido Imperio Ruso. Y lo que era más importante, deseaba retomar la chispa
perdida de la antigua tradición cristiano ortodoxa, reinstaurar la “Tercera
Roma”. Confiaba poner en el trono a Mijail Alexandrovich Romanov, hermano de Nicolás
II, pero éste ya lo habían ejecutado los “rojos”, cosa que no sólo desconocía
él, si no muchos otros. El Barón Loco consideraba que el mal en forma de
revoluciones se había abatido sobre la tierra, y en especial en la tierra rusa,
promoviendo con su materialismo el invertido principio del hombre sin alma, el
hombre máquina, el hombre objeto. Él haría la guerra total, la cruzada contra
las que él consideraba fuerzas de la oscuridad.
Ungern-Sternberg
consideraba que era necesario extender la ejecución sumaria a los comisarios y
revolucionarios de diverso pelaje, incluidos los anarquistas y los
liberal-capitalistas. Los judíos tampoco eran santos de su devoción y de hecho
el Barón Loco promovió alguna que otra sangrienta persecución contra éstos en
Mongolia y Siberia. Para Ungern-Sternberg los judíos eran precursores de la
“revolución mundial”, tanto en su versión bolchevique como en su faceta
capitalista, Consideraba que el renacer guerrero y “solar” arrasaría a esa
“raza diabólica, degenerada y degenerante”. Todas estas creencias retornarían
con algunos matices bajo el fascismo.
Ungern-Sternberg
creía de forma tan absoluta en todo lo dicho que la fiscal bolchevique de la Cheka de Novonikolaievsk que
le juzgó y que era judía, tuvo que oírlo hablar sin ningún tipo de temor acerca
de los hebreos, (sin duda él sabía que su destino era la muerte). Aseguró al
tribunal que los judíos ya habían creado la Primera Internacional
hace 3.000 años en Babilonia. Negó en su juicio ser un agente japonés, pero lo
que no negó fue su talante brutal, ni se arrepintió de ello. Sencillamente se
trataba de un sujeto de otro tiempo, Ungern-Sternberg y los bolcheviques no
hablaban el mismo idioma... en realidad el Barón Loco no lo hablaba con ningún
hombre de la Edad Contemporánea.
Un
hombre se sintió muy influenciado por el Barón Loco, hablamos del filósofo y
conde Hermann Keyserling que conoció a Ungern y a parte de su familia desde la
juventud. Se consideraba un hombre afortunado por haberlo conocido, aunque
admitía que el Barón era un mar de contradicciones. A veces adoptaba una
actitud espiritual, positiva y otras se mostraba cruel y terrible. Según sus
declaraciones Ungern-Sternberg, estaba influenciado por las ideas hindúes y
budistas. Pero ante todo y sobre todo era
un hombre enormemente intuitivo.
Tiempo después Julius Evola opinó en
sus escritos que el Barón Loco poseía “capacidades sobrenaturales”, entre las
que se contaba la clarividencia y el poder de adivinar aspectos de la
personalidad de la gente por medio de un sólo golpe de vista. De hecho, según
Aloishin el Barón Loco atesoraba una peligrosa capacidad de lectura de los
ocultos pensamientos ajenos. Ungern-Sternberg observaba unos instantes a cada
potencial recluta y decidía brevemente que debía hacerse con él. Si merecía ser
reclutado o debía ser enviado a cuidar el ganado... incluso si debía morir. El
Barón Sanguinario observaba a la gente que le rodeaba con una mirada de bestia
depredadora, y según parece esto resultaba ser bastante intimidante.
Nada a contribuido más a crear el mito
del Barón Robert Friederich Nikolaus
von Ungern-Sternberg que los escritos del polaco Ferdinand Ossendowski. Pese a
ello no parece que éste caballero sea una fuente totalmente fiable. Ossendowski
acumulaba una larga historia como espía y agente de la policía secreta zarista,
la famosa Okhrana. Cuando comenzó la Guerra Civil
Rusa Ossendowski sirvió a las órdenes del Gobierno del Almirante
Kolchak como espía y en el ministerio de finanzas.
Ferdinand Ossendowski llegó a Mongolia haciéndose
pasar por un refugiado que huía de las hordas bolcheviques. En su libro “Bestias,
Hombres y Dioses” describió al Barón Loco con gran detalle y no sin sentir
cierta simpatía hacia el personaje. En su opinión Ungern-Sternberg era un tipo
peligroso, y el mero hecho de hallarse en su presencia lo hacía sentirse muy
incómodo. Ossendowski habla del clima de desconfianza que existía en Urga.
Según él rodeaba al barón personalidades nada recomendables... Evgeny
Burdukovsky, el sádico Doctor Klingenberg o Leonid Sipailov, son algunas de
ellas. La cuestión es que al parecer estas “bestias negras” terminaron por no “devorarle”.
Así que o tenían poca “hambre” o él era un gran “domador”.
Lo cierto es que el trapicheador Ferdinand
Ossendowski supo moverse en aquel ambiente como pez en el agua. Además, se
dieron circunstancias extrañas, como la que narra el Doctor Riabukin y Noskov
en el que el polaco se salvó inexplicablemente de la muerte, pues pertenecía a
cierto colectivo de refugiados rusos que acabaron muertos. Por otra parte,
Boris Volkov aseguró que Ossendowski ganó mucho dinero aprovechando su cercanía
al Barón Loco, de hecho el polaco llegó a ser uno de los hombres de confianza
de Ungern-Sternberg.
Como
apunte final añadir que Ossendowski afirmó que el Barón Loco buscó el mítico
reino del Rey del Mundo; Agarthi. Ésto fue recogido también por Alexandre
Saint-Yves d´Alveydre y Nikolai Roerich que hablaban de un reino
oculto en algún lugar subterráneo de Asia Central o el Tibet.
En
resumen, no hay que sentir jamás por el documento escrito una devoción
cuasireligiosa… pese a ello, se hace.
Ungern-Sternberg
se sentía vivamente atraído por la magia y toda forma de adivinación. Con él
siempre iba un juego de cartas del Tarot. En Kobdo se hizo acompañar por
adivinos (tsurukhaichi), hechiceros y chamanes. El Barón Loco preguntaba
a sus adivinos cosas del tipo “¿cómo estaciono a las tropas?” o “¿cómo avanzo
contra el enemigo?”.
El
médico del Barón Loco, el Doctor N.M.Riabukhin no tragaba a esta
colección de elementos que para él no eran más que chusma ignorante y sucia, y
lamentaba que el Barón hiciera tanto uso de sus… para él, engañosos servicios. Los
adivinos convencieron a Ungern-Sternberg que él era la encarnación de Tsagan
Burkhan, el Dios de la
Guerra. Antes
de su avance en la Siberia
“roja” usó unos 20.000 dólares mejicanos para contratar a miles de lamas para
que realizaran rituales religiosos para así ganarse el beneplácito de los
dioses en su arriesgada campaña guerrera. Uno de los lamas le dio un mal
consejo al recomendarle aplazar por dos días el asalto de una ciudad cercana a
la frontera mongola; Troitskosavsk. Esto dio tiempo a los bolcheviques reforzar
las defensas haciendo fracasar el ataque de Ungern-Sternberg. Unos oficiales
buriatos acabaron por sobornar a un lama para que convenciera al Barón Loco para
que retornara a Mongolia, y así fue.
Pero
Ungern-Sternberg no tenía ni un pelo de tonto, aunque a veces tropezara con sus
particulares y peculiares piedras. Antes de tomar Urga el Barón Loco mandó a la
ciudad un cierto número de agentes para que corrieran la voz entre los supersticiosos
chinos que él podía aparecer y desaparecer a voluntad y que era inmune a las
balas. Estas afirmaciones entre muchos de los chinos tuvieron un variado
efecto.
Una
pequeña comunidad tibetana vivía en la capital de Mongolia; Urga. Muchos de
esos creyentes estuvieron bajo el mando del Barón Loco participando con sumo
gusto en la toma de la ciudad a los odiados chinos. Tanto los chinos como los
mongoles consideraron esta hazaña imposible de realizar a no ser que hubiera
habido por medio brujería, magia o ambas cosas. Estos tibetanos mantuvieron siempre
una distancia del resto de efectivos del ejército del Barón Loco, y según
parece adoptaron el hábito ritual de Ungern-Sternberg de comer en cráneos
humanos. Un ritual que también practicó Ja-Lama.
Existió
una importante correspondencia entre Ungern-Sternberg y el Dalai Lama,
establecido éste en Lhasa. Tras colapsarse el poder del Barón en Mongolia un
grupo nutrido de sus fuerzas se dirigieron al Tibet para servir a los santos
prohombres budistas.
Además,
el Barón tenía bajo su mando a medio centenar de soldados japoneses. Estos
efectivos estaban comandados por mandos nipones. Sus líderes servían también de asesores militares
extranjeros y como unión con el Imperio del Japón. Esta ayuda no implicaba que
Ungern-Sternberg fuera una especie de títere de los nipones. Japón veía con
interés al Barón Loco, pero no tenía un efectivo dominio sobre él. Estos
japoneses sí que podían consumir alcohol. Todos ellos eran todos voluntarios, y
su comandante, el capitán Suzuki había conocido al Barón en 1.919. Por
aquel entonces entre los dos hombres surgió una poderosa amistad. Una
intrigante posibilidad es que Suzuki no fuera sólo un representante militar del
Mikado sino un importante miembro de alguna sociedad secreta, como la del Dragón
Negro, o la más secreta aún Sociedad del Dragón Verde. Ésta última
se basaba en las interpretaciones de una de las sectas del budismo esotérico.
En
agosto de 1.921 el Barón fue traicionado y entregado por los suyos,
desesperados ya por sus abusos, arbitrariedades y excentricidades. Los soldados
mongoles le entregaron, aunque sin tocarle un pelo, pues estaban convencidos
que eran Tsagan Burkhan, pero para desgracia de Ungern los “rojos” no
creían en lo sobrenatural.


1 comentarios:
Éride Ediciones, acaba de publicar el 1er libro en lengua española sobre este excepcional personaje, se titula EL BARÓN UNGERN El último General Blanco el autor es Manuel Vallejo.
Esta disponible en las principales librerias y el pvp es de 14 €. Muy interesante para los amantes de la historía.
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