Lectores asiduos

viernes 2 de diciembre de 2011

Barón Robert Friederich Nikolaus von Unger-Sternberg (IV). Esquemas ideológicos (III)

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Uno de los antiguos camaradas de armas del Barón Loco recordó años después que cuando uno observaba a Ungern no podía dejar de sentirse transportado hasta la misma Edad Media. Ungern-Sternberg tenía muy presente la arquitectura mental del guerrero cruzado de sus lejanos antepasados, que era en sus rasgos generales la de todo el medioevo… la misma sed guerrera y fe en lo sobrenatural. El Barón Loco se sentía muy unido a los espíritus de sus antepasados.  
         El Barón siempre creyó que Occidente había perdido sus raíces tradicionales por culpa de la “Modernidad”, cayendo en consecuencia en una profunda fosa moral y cultural. Las Revoluciones Rusas, (incluía en el saco a las liberales del siglo XIX) eran manifestaciones concretas de esa decadencia. Para él, sólo en Oriente, especialmente en el budismo cabía una posibilidad de regeneración. Dimitri Aloishin afirmó que Ungern había recibido enseñanzas budistas por parte de maestros de dicha corriente espiritual.
         Ungern-Sternberg tenía como gran meta instaurar de nuevo a los Románov en el trono de un renacido Imperio Ruso. Y lo que era más importante, deseaba retomar la chispa perdida de la antigua tradición cristiano ortodoxa, reinstaurar la “Tercera Roma”. Confiaba poner en el trono a Mijail Alexandrovich Romanov, hermano de Nicolás II, pero éste ya lo habían ejecutado los “rojos”, cosa que no sólo desconocía él, si no muchos otros. El Barón Loco consideraba que el mal en forma de revoluciones se había abatido sobre la tierra, y en especial en la tierra rusa, promoviendo con su materialismo el invertido principio del hombre sin alma, el hombre máquina, el hombre objeto. Él haría la guerra total, la cruzada contra las que él consideraba fuerzas de la oscuridad.
         Ungern-Sternberg consideraba que era necesario extender la ejecución sumaria a los comisarios y revolucionarios de diverso pelaje, incluidos los anarquistas y los liberal-capitalistas. Los judíos tampoco eran santos de su devoción y de hecho el Barón Loco promovió alguna que otra sangrienta persecución contra éstos en Mongolia y Siberia. Para Ungern-Sternberg los judíos eran precursores de la “revolución mundial”, tanto en su versión bolchevique como en su faceta capitalista, Consideraba que el renacer guerrero y “solar” arrasaría a esa “raza diabólica, degenerada y degenerante”. Todas estas creencias retornarían con algunos matices bajo el fascismo.
Ungern-Sternberg creía de forma tan absoluta en todo lo dicho que la fiscal bolchevique de la Cheka de Novonikolaievsk que le juzgó y que era judía, tuvo que oírlo hablar sin ningún tipo de temor acerca de los hebreos, (sin duda él sabía que su destino era la muerte). Aseguró al tribunal que los judíos ya habían creado la Primera Internacional hace 3.000 años en Babilonia. Negó en su juicio ser un agente japonés, pero lo que no negó fue su talante brutal, ni se arrepintió de ello. Sencillamente se trataba de un sujeto de otro tiempo, Ungern-Sternberg y los bolcheviques no hablaban el mismo idioma... en realidad el Barón Loco no lo hablaba con ningún hombre de la Edad Contemporánea.
         Un hombre se sintió muy influenciado por el Barón Loco, hablamos del filósofo y conde Hermann Keyserling que conoció a Ungern y a parte de su familia desde la juventud. Se consideraba un hombre afortunado por haberlo conocido, aunque admitía que el Barón era un mar de contradicciones. A veces adoptaba una actitud espiritual, positiva y otras se mostraba cruel y terrible. Según sus declaraciones Ungern-Sternberg, estaba influenciado por las ideas hindúes y budistas. Pero ante todo y sobre todo era un hombre enormemente intuitivo.
         Tiempo después Julius Evola opinó en sus escritos que el Barón Loco poseía “capacidades sobrenaturales”, entre las que se contaba la clarividencia y el poder de adivinar aspectos de la personalidad de la gente por medio de un sólo golpe de vista. De hecho, según Aloishin el Barón Loco atesoraba una peligrosa capacidad de lectura de los ocultos pensamientos ajenos. Ungern-Sternberg observaba unos instantes a cada potencial recluta y decidía brevemente que debía hacerse con él. Si merecía ser reclutado o debía ser enviado a cuidar el ganado... incluso si debía morir. El Barón Sanguinario observaba a la gente que le rodeaba con una mirada de bestia depredadora, y según parece esto resultaba ser bastante intimidante.
         Nada a contribuido más a crear el mito del Barón Robert Friederich Nikolaus von Ungern-Sternberg que los escritos del polaco Ferdinand Ossendowski. Pese a ello no parece que éste caballero sea una fuente totalmente fiable. Ossendowski acumulaba una larga historia como espía y agente de la policía secreta zarista, la famosa Okhrana. Cuando comenzó la Guerra Civil Rusa Ossendowski sirvió a las órdenes del Gobierno del Almirante Kolchak como espía y en el ministerio de finanzas.
Ferdinand Ossendowski llegó a Mongolia haciéndose pasar por un refugiado que huía de las hordas bolcheviques. En su libro “Bestias, Hombres y Dioses” describió al Barón Loco con gran detalle y no sin sentir cierta simpatía hacia el personaje. En su opinión Ungern-Sternberg era un tipo peligroso, y el mero hecho de hallarse en su presencia lo hacía sentirse muy incómodo. Ossendowski habla del clima de desconfianza que existía en Urga. Según él rodeaba al barón personalidades nada recomendables... Evgeny Burdukovsky, el sádico Doctor Klingenberg o Leonid Sipailov, son algunas de ellas. La cuestión es que al parecer estas “bestias negras” terminaron por no “devorarle”. Así que o tenían poca “hambre” o él era un gran “domador”.
Lo cierto es que el trapicheador Ferdinand Ossendowski supo moverse en aquel ambiente como pez en el agua. Además, se dieron circunstancias extrañas, como la que narra el Doctor Riabukin y Noskov en el que el polaco se salvó inexplicablemente de la muerte, pues pertenecía a cierto colectivo de refugiados rusos que acabaron muertos. Por otra parte, Boris Volkov aseguró que Ossendowski ganó mucho dinero aprovechando su cercanía al Barón Loco, de hecho el polaco llegó a ser uno de los hombres de confianza de Ungern-Sternberg.
Como apunte final añadir que Ossendowski afirmó que el Barón Loco buscó el mítico reino del Rey del Mundo; Agarthi. Ésto fue recogido también por Alexandre Saint-Yves d´Alveydre y Nikolai Roerich que hablaban de un reino oculto en algún lugar subterráneo de Asia Central o el Tibet.
En resumen, no hay que sentir jamás por el documento escrito una devoción cuasireligiosa… pese a ello, se hace.
Ungern-Sternberg se sentía vivamente atraído por la magia y toda forma de adivinación. Con él siempre iba un juego de cartas del Tarot. En Kobdo se hizo acompañar por adivinos (tsurukhaichi), hechiceros y chamanes. El Barón Loco preguntaba a sus adivinos cosas del tipo “¿cómo estaciono a las tropas?” o “¿cómo avanzo contra el enemigo?”.
         El médico del Barón Loco, el Doctor N.M.Riabukhin no tragaba a esta colección de elementos que para él no eran más que chusma ignorante y sucia, y lamentaba que el Barón hiciera tanto uso de sus… para él, engañosos servicios. Los adivinos convencieron a Ungern-Sternberg que él era la encarnación de Tsagan Burkhan, el Dios de la Guerra. Antes de su avance en la Siberia “roja” usó unos 20.000 dólares mejicanos para contratar a miles de lamas para que realizaran rituales religiosos para así ganarse el beneplácito de los dioses en su arriesgada campaña guerrera. Uno de los lamas le dio un mal consejo al recomendarle aplazar por dos días el asalto de una ciudad cercana a la frontera mongola; Troitskosavsk. Esto dio tiempo a los bolcheviques reforzar las defensas haciendo fracasar el ataque de Ungern-Sternberg. Unos oficiales buriatos acabaron por sobornar a un lama para que convenciera al Barón Loco para que retornara a Mongolia, y así fue.
Pero Ungern-Sternberg no tenía ni un pelo de tonto, aunque a veces tropezara con sus particulares y peculiares piedras. Antes de tomar Urga el Barón Loco mandó a la ciudad un cierto número de agentes para que corrieran la voz entre los supersticiosos chinos que él podía aparecer y desaparecer a voluntad y que era inmune a las balas. Estas afirmaciones entre muchos de los chinos tuvieron un variado efecto.
Una pequeña comunidad tibetana vivía en la capital de Mongolia; Urga. Muchos de esos creyentes estuvieron bajo el mando del Barón Loco participando con sumo gusto en la toma de la ciudad a los odiados chinos. Tanto los chinos como los mongoles consideraron esta hazaña imposible de realizar a no ser que hubiera habido por medio brujería, magia o ambas cosas. Estos tibetanos mantuvieron siempre una distancia del resto de efectivos del ejército del Barón Loco, y según parece adoptaron el hábito ritual de Ungern-Sternberg de comer en cráneos humanos. Un ritual que también practicó Ja-Lama.
Existió una importante correspondencia entre Ungern-Sternberg y el Dalai Lama, establecido éste en Lhasa. Tras colapsarse el poder del Barón en Mongolia un grupo nutrido de sus fuerzas se dirigieron al Tibet para servir a los santos prohombres budistas.
         Además, el Barón tenía bajo su mando a medio centenar de soldados japoneses. Estos efectivos estaban comandados por mandos nipones. Sus  líderes servían también de asesores militares extranjeros y como unión con el Imperio del Japón. Esta ayuda no implicaba que Ungern-Sternberg fuera una especie de títere de los nipones. Japón veía con interés al Barón Loco, pero no tenía un efectivo dominio sobre él. Estos japoneses sí que podían consumir alcohol. Todos ellos eran todos voluntarios, y su comandante, el capitán Suzuki había conocido al Barón en 1.919. Por aquel entonces entre los dos hombres surgió una poderosa amistad. Una intrigante posibilidad es que Suzuki no fuera sólo un representante militar del Mikado sino un importante miembro de alguna sociedad secreta, como la del Dragón Negro, o la más secreta aún Sociedad del Dragón Verde. Ésta última se basaba en las interpretaciones de una de las sectas del budismo esotérico.
        En agosto de 1.921 el Barón fue traicionado y entregado por los suyos, desesperados ya por sus abusos, arbitrariedades y excentricidades. Los soldados mongoles le entregaron, aunque sin tocarle un pelo, pues estaban convencidos que eran Tsagan Burkhan, pero para desgracia de Ungern los “rojos” no creían en lo sobrenatural.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Éride Ediciones, acaba de publicar el 1er libro en lengua española sobre este excepcional personaje, se titula EL BARÓN UNGERN El último General Blanco el autor es Manuel Vallejo.
Esta disponible en las principales librerias y el pvp es de 14 €. Muy interesante para los amantes de la historía.