.
A
la hora de sacar una conclusión relacionada con tan polémico personaje es
necesario despegarse de los esquemas ideológicos personales para luego intentar
comparar las estructuras mentales del “Barón Loco” con las de la época que le
tocó vivir, sumado a sus experiencias personales. Por regla general uno es
“hijo de su tiempo”. En mi opinión personal Ungern-Sternberg es, efectivamente
un “hijo de su tiempo”, pero además agregó a su recuerdo algo de su propia
cosecha.
No sería serio pasar por alto que la Rusia imperial de fines del
siglo XIX y comienzos del XX poseía peculiaridades propias respecto a las
potencias europeas del momento. Al igual que las españolas, (recordad la frase “España acaba en
los Pirineos”) las élites rusas meditaron largo y tendido acerca de hasta que punto su
naturaleza era europea, y la entidad de sus influencias histórico-culturales
exógenas. Pese a ello esas diferencias no eran ya, ni por asomo tan acusadas
como lo fueron sólo medio siglo atrás. La ideología de la “Modernidad” había
calado a esas alturas tan profundamente en las élites rusas, (incluyendo a su
aristocracia, a pesar de su costra pseudotradicional) y su clase media, que está
fuera de toda discusión que la
Rusia del 1.900 ya era una potencia europea en velocísima
modernización, y una asumida mentalidad contemporánea. Si hubiéramos
importado mediante un rocambolesco viaje en el tiempo a la nobleza rusa de 1.914 a la Rusia de Iván Rurik
habrían sufrido un impacto emocional prácticamente semejante que el que experimentaría
un "Homo Sapiens Economicus" de nuestro siglo XXI habituado a
“jugar” con su computadora personal, o a conducir su carro mecánico ferrado de
última generación camino de los vastos centros comerciales.
En Occidente, (Francia, Gran Bretaña, Estados
Unidos…) se vivía el “sueño” (¿”sueño” para quienes?) de la “Belle époque”. No obstante, se
respiraba un hastío, un rechazo a esa visión burguesa imperante. Ideologías
antinacionalistas como el tardo romanticismo y el nacionalismo se codeaban con
el interés por las ciencias ocultas… mesas parlantes y médiums... éstas, la más
de las veces vulgares embusteras. En este mar de contradicciones explosionó la
Gran Guerra, un conflicto armado que debido
al progreso de la técnica resultó ser algo singular… un aparente callejón sin
salida para los profesionales de la guerra.
Esta guerra, junto a las peculiares
condiciones sociales, políticas y espirituales de fines del siglo XIX hizo
madurar un nuevo tipo de visión del mundo, una visión que ya se había
prefigurado en el siglo XIX a manos de diversas, y un tanto heterogéneas corrientes filosóficas, como por ejemplo
el vitalismo. Se deseaba generar un hombre nuevo, un hombre que rompiera con el
pasado burgués. En Rusia surgió el marxismo, que no era más que una corriente
más de la “Modernidad”, la revuelta del “cuarto estado”; la de los desposeídos.
Con posterioridad en Italia y en Alemania
surgió el fascismo. Una corriente difícil de encasillar y que algunos
intelectuales consideran “reaccionaria” y otros, pese a ciertos “dejes pseudotradicionales”
de estas corrientes es otro hijo, (aunque un hijo “raro”) de la “Modernidad”. Como afirma Roger
Griffin en su obra “Modernismo y fascismo. La sensación de
comienzo bajo Mussolini y Hitler”.
En ese mundo convulso nació
Ungern-Sternberg, un individuo peculiar. Por aquel entonces en la educación de
los hijos se hacía uso de la mano dura. Desde muy joven se sintió inclinado a
la negación rotunda de lo “burgués” y todo lo que implica: apariencias huecas,
fariseísmo conceptual, materialismo mezquino, subjetivismo en lo relativo a las
antes indiscutidas realidades y valores supramateriales…etc. En eso, como ya
hemos dejado escrito más arriba no había nada de peculiar, se trataba del deseo
de crear… o recrear un nuevo futuro…lo
curioso, lo “anómalo” es que él de lo era partidario era reconstruir el pasado mítico
de la humanidad.
No obstante, tampoco en esto
Ungern-Sternberg destacaba por la innovación o una encasillable singularidad.
Desde el siglo XIX, sobre todo en su último cuarto en amplios sectores de las
sociedades occidentales se sentía una romántica atracción por Oriente,
(principalmente China y la India) y
naturalmente sus tradiciones. Estas tradiciones, (como pasa en la actualidad)
fueron la más de las veces falseadas o adaptadas al capricho de la “clientela”
occidental. Por otra parte, ese gusto por la estética tradicional (desvirtuada
de su auténtica significación) tampoco le era extraño a los movimientos pseudoespirituales
como la teosofía. Estas corrientes tuvieron su papel en la génesis de ciertos círculos del fascismo. En este punto el nacionalismo y la más de las
veces óptica prefabricada del pasado hizo su trabajo.
Su actitud amante del riesgo,
la glorificación del la figura del guerrero, de la vida sujeta a la adversidad
en donde el “héroe” se forja en cuerpo y alma, todo ello es netamente
vitalista. Estos pensamientos lo compartirían gran parte de los combatientes
de los “Freikorps” alemanes y los camisas negras italianas del
fascio, los “Camicie
nere”. Esa mentalidad queda plasmada
en la obra de Ernst Junger, (combatiente alemán en la Primera
Guerra Mundial) “Tempestades de Acero”. También incluiría a
muchos de los endurecidos combatientes bolcheviques, pese a su ideología
absolutamente materialista.
La siguiente cita de Ernst
von Salomón, jerarca nazi durante la larga lucha por la conquista del
poder deja bien a las claras la opinión que le merecía la mentalidad burguesa:
“Es preciso unir a las juventudes comunistas y hitlerianas y con ayuda
de esos batallones unidos mandar al diablo a los ladrones de la gran industria
y las finanzas con su apéndice corrupto de ordenanzas de mierda y de cagadores
en florero y luego establecer como ley suprema, la única ley decente, la
camaradería… Y puedes llamar a eso marxismo, socialismo, fascismo,
nacionalbolchevismo… me importa una mierda”.
Respecto a la salud mental del
Ungern-Sternberg… bueno, el universo mental del ser humano es una realidad muy
compleja. Ni siquiera los más brillantes psiquiatras se atreverían a afirmar
que conocemos todo acerca de la mente. En la actualidad, acusar a cualquiera de
loco es una táctica muy recurrida, la frivolidad es en este campo total, (existen
muchos psicólogos y psiquiatras frívolos y carentes de una notable humildad).
Quienes suelen recibir estos adjetivos suelen ser las personas “diferentes”.
Recuerdo cuando en la película Doce Monos la psiquiatra acusa a
sus colegas de hacer uso de su profesión del mismo modo que la Inquisición en el
Medioevo y el Renacimiento. Ellos, el nuevo “sacerdocio” de la bata blanca usaba
sus veredictos para decidir quién era válido y quién no. ¿Qué es lo normal?
¿Dónde está la verdad? ¿En nuestra forma de vida, en nuestras pautas… en
nuestras mentiras? Y sin embargo los hombres del pasado no lo creerían así.
En mi opinión el “Barón
Loco” no estaba en sus cabales… pero si me preguntáis hasta que punto
yo os diría que no lo sé. No sé si estaba tan loco hasta el punto de no ser dueño
de sus actos, muchos de ellos producto de una mente víctima del odio, el
desequilibrio causado por la errónea interpretación de valores inmortales, (si
no son inmortales no serían valores) y un ego hiperdesarrollado. También creo
que sus experiencias vitales, (las guerras, la educación familiar, su relación
con los padres, su genética y estructuras mentales adquiridas por el libre
albedrío, a pesar de la fuerza de las influencias externas) lo fueron moldeando
hasta ser gran parte lo que fue. Pero todo eso no puede hacerlo una especie
de compleja máquina biológica irresponsable, Ungern-Sternberg era humano, tenía
capacidad de elegir… y elegía.
El “Barón Loco” era un hombre
cruel. Esa deshumanización tuvo mucho que ver con su trágico fin. Fin que él se
encargó de encajar heroicamente, sin colapsarse. Esa actitud ante su particular
caída del telón dice mucho del sujeto.

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